No sé escribir de otra manera, sólo así, a saltos, sin demasiado sentido, con escaso interés, según mi criterio. Y no es falsa modestia. Más bien es cierta molestia. ¿Ves? Lo he vuelto a hacer. Hay días en los que escribo algo y me digo a mí misma que vale, que muy bien, que eso sí, que así sí. Pero la mayor parte de las veces mi respuesta es negativa. De todas formas acabo pensando ¿a quién le importa? ¿por qué lo hago? ¿a dónde lleva todo esto? Luego me contesto diciendo que lo hago básicamente porque lo necesito. Terapia, dicen algunos. Yo lo único que sé es que a este blog le sobra más de la mitad. Mucho más de la mitad.

Me fallan las palabras, las manos, los ojos. Quiero decir mucho y no digo nada. Apenas abro la boca. Estoy fatigada verbalmente, y quizás fatigada seguido de algún que otro adverbio terminado en mente, que no me atrevo a reconocer. ¿Por qué no escribes un relato? Me lo han dicho muchas veces. Relatos, novelas, qué se yo. Agradezco de corazón la confianza y las propuestas, los cumplidos, los consejos, las maravillosas críticas que no merezco, los comentarios. De corazón, y tengo ese órgano entrenado para ser sincero. Pero yo no valgo. Y esto apesta. Cada día más. De todas formas creo que sé a qué se debe, y creo que es temporal. No me refiero a que apeste (igual apesta para siempre y desde siempre, o igual no apesta en absoluto y soy yo que me pongo quisquillosa), sino a mi arranque negativo y flagelante.

Creo que necesito escribir sobre otras cosas, y para eso necesito vivir otras cosas. Ahora mismo mi vida es automática. Es inercia. Bueno, no exactamente. Me gusta mi vida, me fijo en detalles, me dedico a disfrutar de todo (eso se me da bastante bien), y de las personas. Sobre todo disfruto de las personas. Pero yo, lo que soy yo, myself, estoy en modo automático, de alguna manera. Algo ha perdido fuelle dentro de mí, alguna pieza ha caído al suelo y ha ido rodando (seguro que es una pieza redondita) debajo de ese mueble que nunca muevo para limpiar. Igual ha llegado el momento de amueblar de nuevo, de edificar desde cero, a lo grande, de preparar la tierra, la caseta del perro, la recolecta anual de sensaciones. Las pondré todas en una cesta grande y me meteré con ellas en la cocina. A ver qué sale. Al perro lo dejaré custodiando.

Las sensaciones. Mi alimento. Y las palabras. Las llevaré todas a la mesa, las trocearé, congelaré o cocinaré según me lo pidan (las sensaciones tienen voz). Mordisquearé alguna en crudo, quizás. La que esté más fresca. Necesito enjuagarme los tallos, cortarme las hojas muertas y secas, las ramas rancias, y aliñarme a mi gusto. El problema es que he olvidado las cantidades, las proporciones, las medidas. No sé cuánto quiero echar de mí misma en mi propio plato. A veces ni siquiera tengo hambre. Hay veces en las que estoy en plan “dime cosas bonitas o no me digas nada”. Y claro, eso se me nota.

Gracias a todos por seguir por aquí, aguantando todo esto. Lo dice mi corazón, sincero y franco. Está muy bien enseñado, sabe de lo que habla. Hace bien su trabajo. Espero no haberos espantado.