No podía empezar mejor. Empiezo el día hablando un rato con un amigo. De los que me dan los buenos días y con eso tengo de sobra para desayunar. Me ducho, me lavo el pelo, mi nuevo gel huele a sugus de piña. En el banco ya tienen mi tarjeta. Sólo han tardado un mes, manda cojones. Wilco me canta bondades en el autobús y llegando a la calle Alcalá suena Hell is chrome. Y justo en ese punto del cruce, el bueno de Jeff Tweedy dice “come with me”, y claro, por supuesto, faltaría más; yo me voy con él.

En la tienda Lucía hace el pino para mí. Nos contamos cosas, nos reímos como siempre, nos comemos dos mandarinas y una naranja, todo a medias. Se va nerviosa porque va a terminar de grabar su videobook. Ella, que es tan espléndida, se pone temblona cuando tiene que mostrarse. Pasamos las escenas que va a grabar, a ver si se las sabe. Tres escenas cómicas, de tres películas distintas. Me lo paso bien. Lucía me dice que no lo hago nada mal. Estoy hora y media sola, escribo chorradas y luego me voy, tan contenta. Hoy hace un día luminoso.

Me compro unos vaqueros anchísimos, para meter a alguien más si me apetece, y salgo a la luz del día. Trabajar en un centro comercial te encierra, te creas tu propio microcosmos y cuando sales es como si lo vieras todo por primera vez. Tengo que cogerle los bajos a los pantalones y soy mala costurera. Pero tengo que evitar por todos los medios hacer lo que hago siempre, que es no coser una mierda y cargarme los bajos a los tres días. Metro hasta Gran Vía con el último disco de los Strokes, de nuevo, En realidad el disco es un poco flojo, pero le doy una y otra vez a la misma canción, que me levanta el ánimo y me da un yoqueséqué. Me dice sin parar que sólo se vive una vez y que la luz del sol no sé cuántos, y eso me vale (también dice mucho oh-oh, y yo le hago los coros).

Me dirijo con paso decidido a la Casa del Libro. Ay, cuántos libros y qué poco dinero. Me compro uno de Murakami, cuyo punto de partida (en el reverso) me cuenta que está escrito para mí. Me compro también Matar a un Ruiseñor, recomendado por un buen amigo. Es que soy obediente. La de la caja se desconcierta con mi sonrisa de oreja a oreja, no entiende nada. Yo estoy a puntito de pedirlos para regalo, pero al final me voy sin más. Antes de salir he tenido impulsos de comprar casi todo lo que he visto. Gracias a dios no tenía el carnet de identidad y no he podido echar mano de la tarjeta, que si no, a ver quién es la guapa que paga el piso. Camino hasta Plaza de España y vuelvo a meterme bajo tierra.

Cuando salgo a la superficie llamo a mi madre. Hablamos de planes, cuándo llego, dónde estás, qué día nos vamos a Vejer, tienes que ayudarme con las cajas de la mudanza, no te preocupes, madre, que yo voy al rescate. Que si tienes un montón de cds, que si no se han secado las paredes, que si no voy a poder tener tu cama lista. No pasa nada, mamá. Tengo tantas ganas de irme que no me aguanto. Apenas me creo que vaya a irme este sábado. Voy feliz andando por la calle, voy feliz y me cruzo con gente que no camina feliz y me dan ganas de abrazarles y decirles que me voy a Vejer. Pero entiendo que no procede, y me contengo. Sé que me va a venir bien.

No estoy cansada, ni estresada, no es de estas veces que lo necesito como agua de mayo. Tampoco sé qué tiene de especial el agua de mayo. Pero en mayo es mi cumpleaños. Ahora estoy desviándome. Ah sí, mi familia. Llevo un par de semanas (o un par de días, no lo sé bien) bastante dispersa, como a trompicones, como cuando un disco se detiene y repite la misma nota una y otra vez. En realidad siempre soy así, volátil, cambiante, a ratos eufórica, pero a veces me molesta. No sé en qué estoy. No estoy en nada. Y estoy en todo.

Ver a mi familia no significa que vaya a hacer terapia de grupo. Es simplemente estar con ellos, lo que me da energía, lo que pulsa los botones correctos, lo que hace que todo el mecanismo funcione suave y rítmicamente. Voy, les oigo hablar, les veo moverse, me meto en medio, pertenezco. Claro que pertenezco. En Madrid me he hecho un sitio, siento la ciudad como mía, siento mi casa como un hogar (¿o debería decir mi cuarto?), me muevo con soltura, me gusta. Pero no pertenezco, no aún. Algo falta. O quizás ya no pueda pertenecer a ningún sitio, salvo a mi propia cabeza llena de muelles. Boing. Qué hijos de puta, los muelles. Este post se está eternizando. Se estira como un chicle, es pegajoso y se queda en mis dedos torpes. Venga, María, un poco más.

Después de hablar un rato con mi madre he entrado con Mario a Calle 54, el local ese tan cool cuyo dueño parece ser Fernando Trueba. Allí he asistido a un pase privado de Gritos en el Pasillo. Aquel largometraje hecho con frutos secos, del que hablé hace dos posts. Creo que ya dije que cuando algo me gusta mucho no sé escoger las palabras. A los dos minutos se me ha olvidado que eran frutos secos. Me he reído, he pasado miedo, incluso he pegado un bote con lo inesperado.

La banda sonora es cojonuda. La dirección artística es simplemente magistral. Los decorados, el diseño de personajes, las paredes, las pinturas, los perros que son nueces, las ratas que son pipas, los cacahuetes que son más humanos que muchos humanos. Al salir he dejado mi opinión delante de una cámara, muy feliz y orgullosa de conocer a gente como Juanjo. Tengo mucha suerte de cruzarme con gente así. Juanjo es todo magia.

Luego nos han ofrecido una degustación de actores, un par de copas y un kit para crear a tu propio caducado mental. He disfrutado como una cría y he disfrutado mucho más aún, cuando he abrazado a Juanjo varias veces a lo largo de la noche y me ha dicho que le hacía muchísima ilusión que estuviera allí. Además Mario y muchos de nuestros amigos han puesto voces. De hecho el protagonista es uno de nuestros amigos/actores fetiche. Todos los que han participado en el proyecto han hecho un trabajo increíble y yo sólo tengo aplausos. Eso y un montón de nueces en las muelas.

Y después de este ejercicio de incontinencia verbal y escasez de recursos lingüísticos, me voy a la cama. Feliz, de contar con gente como la que tengo a mi lado. Feliz, porque me voy a mi pequeña espiral de buen rollo.

¡Buenas noches!