Hablo con Rosa por teléfono mientras apuro un cuenco de fresas con leche. Se me caen algunas gotas rosas sobre el auricular.

- ¿A ti qué te pasa?
- Yo estoy bien, de verdad, estoy bien, es sólo que ayer me pillaste en un punto álgido de nervios. Siento mucho haberte gritado.
- No te preocupes, ya me di cuenta que algo pasaba... Pero va todo bien, ¿no?
- Bueno, estoy inquieta, Rosa. Algo va a cambiar.
- ¿Vas a cambiarlo tú o sientes que va a cambiar algo a tu alrededor?
- Yo, creo que voy a ser yo. Algo se me está moviendo, por aquí dentro.
- Te va a venir bien irte a Vejer.
- Sí, eso llevo diciéndome toda la semana.

Juro y perjuro que no sé qué puede ser, ni dónde desemboca toda la inquietud. No voy a darme ninguna prisa. Voy a esperar las señales de neón, los carteles luminosos y las pancartas. Ninguna prisa. Voy a que se me despeje la azotea, subida en mi propia cabeza, sin mojarme siquiera los pies. Sin estrés, sin asfalto, sin semáforos, cajeros, autobuses. Sin influencias, sólo con mi viento, mi suelo, mi arena. Y los que estén, los que vengan, serán bienvenidos. Soy mejor persona, mejor amiga, mejor hija, mejor hermana; cuando estoy allí.

Yo pensaba que no tenía tanta urgencia. Pero cada vez lo veo más claro. Está clarísimo. Necesito respirar Vejer, oír cómo suena, ver mi sombra en las paredes. Me voy a donde pertenezco sin calzador. Me voy donde el mar aleja lo sobrante y donde las piezas encajan sin forzarlas.

Volveré nueva, energética, ocular, serena.

Y lo que tenga que ser, será.