Por fin, uno de los momentos estelares del día: encuentro esta bicicleta, en los pies de la calle donde mis padres tienen la nueva casita. La bici me guiña el manillar y yo le dedico un rato, cámara en mano, dedo en botón.

Luego viene un tipo repartiendo publicidad de un restaurante (que ya conozco y no mola demasiado, el restaurante, al tipo no le he visto antes), pero al contrario que en las grandes ciudades, donde los que hacen ese reparto de flyers (por llamarle de alguna manera a eso que recibo en mis manos) son jóvenes, estudiantes, y niñatillos; aquí lo hace un señor de unos 75 años, sin dientes, que tras darme el papelito me pide dinero para un carajillo.

Pero a lo que iba: la bicicleta en cuestión. Enamorada, yo, del cacharro.

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Por lo marrón, el polvo, la cal, la piedra, la escalera, el adoquín, la paz y el amor a la hora de colocarla junto a la muralla que envuelve el casco antiguo de Vejer. Por todo eso, y por dejarme mirarla un rato, declaro a esta bicicleta, bicicleta del mes, del invierno, y de lo que haga falta.

He dicho.