Me voy de tiendas con mi hermana. Tres bragas 11 euros. Una falda de 6 euros, escocesa, que seguramente jamás me pondré. Hago fotos de la nueva Plaza Nueva. García de Vinuesa, una de mis calles favoritas de Sevilla. Nos encontramos allí con mi padre. Corro (troto, galopo) para besarle. Me da sus tres besos seguidos en la mejilla. Que dónde queremos comer. Que tu madre está en casa. Subo a su casa, a casa de mis padres. Mi madre me enseña, me dice, me explica, me pregunta, me riñe, me abraza. Mi supuesta habitación está llena de trastos pero con la pintura húmeda poco podemos hacer. Bajamos a comer: salpicón, champiñones, bacalao, fresas.

Discusiones. Preocupación. No consigo que dejen de gritar. Desde fuera se percibe falta de comunicación y de entendimiento, o quizás no, pero el caso es que no parece que anden ni palante ni patrás. Dejamos a uno y nos vamos con la otra a una show-room sevillana, de trajes de gitana. Mi madre nos regala uno a cada una (por vuestros cumpleaños, dice). Qué bonitos son, cuántos lunares, cuántos colorines. Hago algunas fotos de telas y bordados y me voy tan contenta.

Hago planes para el día siguiente, compro un paquete de rooibos y me acuerdo de una que yo me sé, me compro el billete de vuelta a Madrid en mi agencia de toda la vida, en mi barrio. Me encanta mi barrio. Andando hacia casa de mi hermana cambio falda por camisón. Así está mejor. Nos topamos con un vía crucis. Esto sólo pasa en Sevilla. Bueno, no exactamente, pero yo me entiendo. Observamos a la fauna autóctona, con sus cirios y sus trajes de chaqueta. Criticamos por lo bajo. Esquivamos la cera y nos vamos por la acera.

Supermercado del Corte Inglés que esta noche viene mi madre a cenar, amago de móvil para Julio que se nos une al final de la tarde, tres cervezas y dos tapas de adobo en el bar que peor huele a fritanga de todo el centro. Mi madre: que no voy, pero que no os preocupeis, que estoy bien, mañana nos vemos. Y si no está bien, ya me encargaré yo, cuando vayamos a Vejer.

En el baño de mi hermana, donde huele a manguitos y colchonetas, me entretengo sentada en el trono, borrando cientos de mensajes de mi móvil. Empecemos con la limpieza de lo pequeño, para llegar a la pureza de lo grande. Podría parecer un proverbio chino (en plan cateto) pero no lo es.

Continuará...