Me llama Lucía desde la tienda. Yo voy en el coche, con todas las ventanas posibles abiertas y el pelo hecho un circo. Grandes alaridos de emoción por ambas partes. Me dice que tal y que cual. Le digo que no se enrolle y que me cuente qué son esas novedades que me había anunciado en un mail hace dos días. Me dice que me pasan a la otra tienda. ¿Pero para siempre? Sí, tía, para siempre. Mierdadevida. Yo quiero quedarme con Lucía, en mi tienda a la que estoy hecha como un guante elástico, con la clientela que ya sé manejar a la perfección, con el autobús que me lleva y me trae con eficiencia y poesía.

Pero por lo visto si me quiero quedar, según hemos dilucidado Lucía y yo, tendría que ser sólo 3 horas diarias, en vez de 4... esto está bien para mi cansancio, para mi primer trabajo, para mi vida en general, si no fuera porque pierdo aproximadamente un 25% de mi sueldo, que ahora mismo no me viene demasiado bien menguar. Total, que mañana a ver si me acerco a hacerle una visitilla, y que me cuente, y yo le cuento a ella lo demás, y ya pensaremos algo. Seguro que en un rato arreglamos el mundo. No somos buenas, nosotras, ni ná.

Pues eso, y que acabo de venir de ver el mar, y eso hace que las noticias malas se conviertan en ligeros contratiempos, en hechos regulares que me trastocan lo justo, en cosas que siempre tienen solución. Porque total, si Lucía y yo tenemos que pasar nuestra amistad al plano de las juergas nocturnas... ¿qué le vamos a hacer?

Seguiremos informando. Os dejo con el mar, desde la playa del Palmar. Yo me voy despidiendo de mis vacaciones, respirando hondo y cogiendo carrerilla.

El Palmar de Vejer