Las obras del centro de Sevilla nos desvían, a mí y a todos los demás, a través de la casa de la moneda. Todos como borregos esquivando cagajones de caballo. Sevilla también tiene un olor especial. Me compro cuatro collares de bolitas de colores, a un euro cada uno, no lo puedo evitar. El puesto lo han montado una pareja de argentinos hippilongos, aprovechando que las hordas de sevillanos y extranjeros tienen sólo un camino para unir dos puntos.

La casa de la Moneda

No encajo aquí. La gente a mi alrededor no me cuadra pero, ¿acaso me cuadra la de Madrid? Quizás no se trate de encajar, pero por mucho que me gusta Sevilla, por mucho que me gusta Madrid, cuando recorro calles entre cientos de personas, no percibo mi hueco. Tampoco es que me importe demasiado. No me siento de Sevilla. Me siento de algunas calles, de algunas casas, de algunos barrios; pero sólo a ratos. ¿De dónde soy? Acto seguido pienso en que al día siguiente me voy a Vejer y se disipan todas mis dudas.

Mi abuela hace lentejas y croquetas, y ha comprado jamón serrano del bueno en El Reloj. Voy de tiendas con mi hermana, de nuevo, y como siempre pasa, ella arrasa con todo y yo me llevo un pantalón para jubilar otro que se me cae a pedazos. En casa se discute si sacrificar a mi perra, la vieja. Mi abuela se queja y se indigna con las iniciativas del alcalde. Verás tú cuando el granito que ha puesto en la Plaza del Pan empiece a arder en verano. Y los bancos antiguos de hierro de la Plaza Nueva ¿dónde están? Seguro que los tienen en sus chalets, los muy sinvergüenzas. Yo me río, pero ni siquiera he visto cómo ha quedado la Plaza del Pan. Con la de noches que he pasado yo allí, cerveceando. Cada vez que vuelvo Sevilla es otra cosa. Lo que sí me sigue llenando es la luz y el color que se recibe por aquí. Paseas y respiras lienzos y acuarelas.