Repaso fechas, pero fechas pasadas, como quien busca en cajones un manojo de llaves y se guía por el sonido de las cosas que toca. Apunto momentos por detrás de un mapa de la ciudad. Quiero hablar pero no sé qué quiero decir. Ni a quién debo dirigirme. Seguro que comunica. Llamo a la máquina que me informa del dinero que llevo gastado en el móvil y me pego un susto de muerte. Ella decide por mí. No llamo a nadie.

Pongo una lista de reproducción más bien triste. Tranquila. Música en francés ahora. El francés siempre me suena a lánguido, a dominguero, a perezoso y a peluche. A disfrutar del día desde dentro. Me tiro en la cama, todavía en pijama, esperando algo, siempre, esperando lo de siempre. Las señales, las palabras, las luces que hagan que me despierte, me levante de una puñetera vez y haga algo. Esperando lo que me mueve, lo que hace que pegue un salto grande, sin miedo, hacia donde quiera que me lleve el viento en cuanto alce mis pies sobre el suelo. Yo sólo empiezo el salto, el impulso, el viento hace siempre el resto.

Pero miro por la ventana y no está ya el viento huracanado de estos últimos días. Y me pregunto para qué saltar, si no hay ninguna fuerza que me empuje. Porque yo sola me siento incapaz de hacer nada a derechas, precisamente ahora. Porque es domingo, sigo en pijama y oigo letras en francés que no entiendo. Porque no entiendo este domingo, ni lo quiero entender, y parece que la que habla idiomas desconocidos, perezosos y lánguidos soy yo, conmigo misma. Quiero ser un peluche. Y ni me acerco.