Llevo un rato delante del teclado, con las manos posadas en el aire. Anoche hice tres cuartas partes de lo mismo. Las dejo suspendidas, pensando que en cualquier momento bajarán ellas solas, como suelen hacer, y escribirán todo lo que tengo dentro. Sin miramientos. Me miro las manos esta mañana, les doy la vuelta como a un guante, las vuelvo a mirar. No hay nada. Se han quedado mudas.

Abro la boca y todo lo que sale es inconexo, sin sentido, irreal. Sonidos. No palabras. Silencio. Vacío. Mute. Nada. Y yo daría un ojo por saber qué decir, por saber qué hacer. Daría mis oídos por hacerlo bien, por dejar de robar papeles, por hacerme grande de golpe y manejar la situación con eficacia y cariño. Pero abro las manos y todas las palabras están tachadas; y abro la boca y apenas sale aire. Hoy nada de lo que diga servirá.

Así que hoy no escribo.
Hoy no sé escribir.
Hoy no.

No.