Ayer me asomé al balcón. Debajo de mi casa hay una plaza, y en uno de los bancos había un vagabundo. Tenía una lata de conservas pero no era de las de abre-fácil. Le vi con un serrucho oxidado, que parecía cortar lo mismo que puede cortar una pelota de goma. Serraba y serraba, sin éxito. Me acordé de El Pianista y quise bajar con un abrelatas, solucionarle el día y subir de nuevo. No lo hice.

Luego volví a mirar y se había cambiado de banco, creo que persiguiendo la sombra de los árboles, porque el esfuerzo le hacía sudar. En el segundo banco intentó abrir la lata golpeándola contra la madera de su asiento, en uno de los extremos, con fuerza. Como mucho creo que consiguió abrir la madera, que estaba vieja y vencida.

La tercera vez que le vi volvía a estar al sol. La lata reposaba en el banco, a su lado, y me pareció ver cómo el vagabundo hablaba hacia ella, y negaba con la cabeza como diciendo "tú y yo así no vamos a llegar a ningún lado". Cuando bajé a la calle le vi comiendo algo que parecían pimientos rojos. Aunque creo que venían en una lata más pequeña. La lata cerrada tenía pinta de ser de espárragos blancos. Seguramente lo fueran.

Moraleja: si no puedes conseguir espárragos, bien sabrosos están los pimientos del piquillo. Y me permito a mí aplicarme el consejo, y invito a los demás a comer lo que puedan, a agarrarse a la vida, aferrarse a las latas de conserva, a nunca dejar de luchar. Porque no hay lata que resista para siempre.

He dicho.