Me estoy yendo a la mierda, en un autobús que me pilla demasiado cerca como para no cogerlo. Me estoy yendo a la mierda porque no siento que quiera hacer otra cosa que eso, irme a la mierda y no saber cuándo volver.

Pero no, no voy a coger este maldito autobús, aunque ponga mi nombre en cada uno de los asientos. Aunque me empujen escaleras arriba. Yo no puedo evitar ser cómo soy. Y no soy tan mala. Soy contradictoria, soy impulsiva y soy múltiple. Y aparento ser fuerte, ser libre, ser feliz.

Estoy haciendo balance, aún no lo sé. Sé que no soy fuerte, que soy todo lo libre que puedo pero que me construyo cárceles yo misma, que intento ser feliz pero se me olvida cómo. Mi alma está hiperactiva y de mal rollo.

Estoy pasando por una etapa, desde hace meses quizás (o quizás días, o quizás horas, ya pierdo la noción del tiempo), un poco extraña. Confusa. Intento hacer las cosas bien. Intento que las luces no me cieguen. Y soy sincera en todo lo que hago. Aunque pueda parecer que voy dando tumbos, que no sé dónde piso. Aunque ahora mismo me sienta una estafa. No lo soy. Intento convencerme, hoy, contra viento y marea, de que no lo soy.

Tengo que trazar las líneas generales, de nuevo. Tengo que dibujarme otra vez. Tengo que dejar de esperar que los demás me coloreen. Porque en el fondo, nadie conoce la combinación, excepto yo. Por mucho que me empeñe (yo y sólo yo) en esperar lo contrario.