Mi madre me llama y se oye cómo mastica algo crujiente. Estoy acostumbrada a oír a mi madre comer por teléfono. Crunch, crunch, crunch.

- ¿Estás en el autobús?
- No, estaba en el metro, ahora voy en metro a la tienda.
- Ah, es verdad, hija no me has contado nada de lo de tu cambio.
- Bueno, tiene sus ventajas...
- Antes de venirme a casa he leído tu blog.
- ¿Sí? - le pregunto, aunque no me sorprende.
- Te llamo para decirte que me da mucha pena que te parezcas tanto a mí.
- Ya, madre, si ya lo sé - me río.
- Pero tú tienes una ventaja, tú no tienes cargas mayores de las que tirar, de las que te impone la vida.
- Ya, pero me las pongo yo solita.
- Exacto, pero por eso mismo es una ventaja.
- De todas formas creo que aprendo de cada vez que me dan estos voluntos autodestructivos. Y cada vez me duran menos.
- Claro. Yo también he aprendido a relativizar.
- Venía pensando que igual lo leías y te alarmabas, me alegro de que lo hayas pillado como lo que es.
- Es que te conozco, eres igual que yo.
- Me alegro de que nos parezcamos.
- Ay, yo no, María, yo no.
- Pues yo sí, mamá, yo sí.
- Bueno.
- ¿Qué comes?
- Melva con picos.

Aprender a tomarme menos en serio, me lo pongo como deberes y me pongo a trabajar desde ya. Como llevo haciendo años, con resultados irregulares. Quiero tomarme menos en serio a mí misma, aprender a relativizar(me), a ser fuerte, a tirar para delante y a dejar de darle vueltas a las cosas.

Tengo deberes. Tengo una lata de melva por aquí cerca. Y yo cuando me pongo, me pongo. Aunque no tenga picos ni pan con los que acompañarlo.