Hablo con un buen amigo por teléfono. Me dice que ha estado limpiando sus plantas, que estaban llenas de pulgones. Lo cuenta todo con mucho detalle, dando giros sobre sí mismo, no necesita que yo haga feedback. De vez en cuando me pregunta si me estoy aburriendo. Pero a mí me gusta mucho escucharle. Dice que ha pensado que la solución al problema de los pulgones sería tener mariquitas. Qué últimamente ha visto unas cuantas en Madrid, y que eso es raro.

Me trae recuerdos. Cuando yo era pequeña (más todavía) y vivía en Marbella, veía muchas mariquitas. Tengo el recuerdo un poco difuso. Las veía de muchos colores. Mi amigo me dice que las hay naranjas, amarillas y rojas. Yo me doy cuenta de que las recuerdo azules y verdes también. Pero no puede ser. No existen. Yo quiero que existan, pero es algo que me inventé cuando era cría.

Mi amigo quiere mariquitas, para que se coman a los pulgones. Me explica paso a paso cómo lo hacen. Son muy graciosas. Quiere mariquitas para no tener que sacudir la planta, hacer que caigan los pulgones, barrerlos y verlos en el suelo como una pequeña manifestación verde de dibujos animados. Me imagino los grititos de los pulgones y me río.

Le digo que le regalo el botecito de plástico de un carrete de fotos, y que la próxima vez que vea una mariquita se la lleve a casa, en el botecito, en su bolsillo.

Yo también quiero mariquitas.
Pero quiero las mías.
En colores fríos.