Subo al escenario y todos aplauden. Llevan meses con las entradas compradas, con las reservas hechas, porque la fama me precede. Mi espectáculo es con platos chinos. Creo que se llaman así. Es eso de poner un palo largo y delgado con un plato en la cima, y darle vueltas. Yo llevo muchos platos y muchos palos. Los palos son de bambú, y me han costado un ojo de la cara. Los platos son de colores y dibujos diferentes. Cuando la cámara me encuadra en plano cenital el efecto visual resulta psicodélico.

Tengo decenas de platos. Empieza la música, me ilumina un foco de luz y comienzo con el primero de muchos. Lo poso sobre el palo y lo hago girar. El público guarda silencio. Continúo haciendo girar platos, uno tras otro, formando una hilera. Casi van sincronizados, llevo años ensayando y me siento segura de mí misma. Todo funciona a la perfección, en equilibrio. Es armónico y bello. La música hace que mi proeza se engrandezca, se oyen gritos de júbilo en las mesas. No puedo dejar de sonreír.

De repente, el primer plato empieza a girar más lento. Se tambalea. Voy corriendo a por él. No puedo dejar que se caiga. Si se desmorona uno, me desmorono yo. No me lo puedo permitir. Le doy velocidad con un golpe maestro de muñeca, rozándolo con la punta de mis dedos. Repito la operación con el segundo, y con el tercero... todos están peligrando. Es un puto efecto dominó. Me sudan las manos, algo va mal, intento que no se me note, mantenerme entera. Hay mucha gente mirándome, juzgándome.

Me desplazo con toda la rapidez que puedo de un extremo a otro del escenario, evitando que los platos caigan. El suelo está muy pulido y mis zapatos resbalan. No podría soportar que se rompieran en mil pedazos. Los necesito a todos arriba. Ellos me necesitan a mí. Soy la única que puede hacer lo que hago. Sin mí no hay equilibrio, ni armonía, ni hostias en vinagre. Me muevo como loca, pero cada vez que dejo uno girando y me dedico a otro, el anterior me la juega y flaquea a mis espaldas, cogiéndome siempre desprevenida.

Entonces pasa. Un plato al azar, uno cualquiera, recibe un codazo por mi parte o simplemente pierde fuelle, y por más que corro no llego a tiempo. Se cae, irremediablemente. Lo veo en cámara lenta, y mientras cae, pienso en todas y cada una de las consecuencias. Pienso que todos los demás caerán después y me quedaré en medio de un escenario hecho añicos.

A veces los platos caen, sí, pero no se rompen. A veces las luces de la sala se encienden y no queda nadie mirando. Ni siquiera estoy segura de que hubiera un solo espectador desde el principio. Sólo estoy yo, con mis estúpidos platos, haciéndolos girar sin que a nadie más le importe. Y nadie ha pagado precios astronómicos para ver mi espectáculo.