Anoche Pablo me acompañó al bar donde trabaja mi hermano de cocinero. Vino con animalitos de papel inventados en el metro. Mi monedero se ha convertido en un zoo de tickets de supermercado.

Pedimos vino y algo de comer. Mi hermano sale de detrás de la cortina cuando le llamaban por su nombre artístico. Me dice que sea sincera, que quiere mejorar. A la tosta de champiñones con bechamel le falta un poco de sal. La de solomillo al whisky sabe (quizás) demasiado a limón, aunque está muy buena. Unas bolitas de carne con salsa (que no son albóndigas aunque dicho así lo parezcan), un buen invento. Una última tosta de la casa, con un revuelto de verduras, huevo y pollo. Quién me iba a decir que me serviría las tapas mi hermano mayor. Y que cocina tan bien, aunque tendrá que ir puliendo detalles. Hasta ahora yo pensaba que sólo sabía hacer arroz con todo lo que encontraba en la nevera.

Lo único malo de la noche es que tuve que salir por patas, porque apareció allí un amigo de mi hermano, mi ex compañero de piso, al que por razones que no vienen al caso, no puedo ni ver. Me resulta desagradable. Intento obviarlo pero está delante de mis narices. Mire donde mire, le veo. Y no tengo ninguna necesidad de verle el careto a alguien que me trató de puto culo.

Le digo adiós a mi hermano, el dueño nos invita a todo, mi hermano le da a Pablo el saco de dormir para su viaje a Italia y a mí su cámara digital rota (la pantalla no funciona) para que vaya tirando. Yo le hago entrega de su móvil nuevo.

Cambiamos de bar, hablamos de muchas cosas, nos reímos, Pablo deja que hable todo lo que quiero. Quiere escuchar, quiere ayudar, quiere cuidarme. Es una joya. Me despido de él en Gran Vía. Se merece el viaje, le va a venir bien. Al llegar, me reconcilio conmigo misma. Que ya iba siendo hora.

Más señas: el barecito en cuestión se llama Vinomio y es la mar de apañao. Está en la calle San Marcos, esquina con la calle Pelayo. Ya estais tardando.