Así es como me comunico con Lucía ahora. La llamo al menos una vez al día, o me llama ella. Repetimos watx llamando a watx un par de veces y nos entra la risa floja. Se nos da bastante bien ponernos al día por teléfono. Pero la echo de menos una auténtica barbaridad. Lucía se ha convertido en una red de seguridad. Cuando el día se tuerce y me salen nubes negras de las orejas, ella lo ve todo fácil, lo hace fácil, lo entiende todo y hace encaje de bolillo con mis problemas. Al final todo suena divertido.

No pude despedirme de ella (despedirme como compañera de batallas laborales, se entiende) como queríamos, con una gran merendola, con alguna travesura, qué sé yo. No pude porque el lunes pasado llegué a currar y por lo visto tenía que estar ya en la otra tienda. Me cogí un cabreo de los difíciles. Yo tengo fama de tener muy mala leche pero lo cierto es que cabrearme es complicado. Muchas putadas me tienes que hacer y en un día muy malo me tienes que pillar. Pero es que de hecho, era un día horrible. Y nadie había tenido la decencia de avisarme de que (¡oh, vaya!) ese día cambiaba de lugar de trabajo.

Me puse a soltar pestes y ella se descojonaba. "Anda, no seas tonta, quédate cinco minutos, toma una mandarina con rabito para el camino, hala, ¡¡qué gafotas eres!!". Era un vendaval de buen rollo, pero yo ese día llevaba gafas porque llevaba horas llorando por algo que no viene al caso, y todo me sentaba de culo.

Ahora me acuerdo de mí misma echando humo, de ella danzando a mi alrededor, quitando hierro a todo, de mi cara de cabreo y los truenos sobre mi cabeza, y ella como la cuarta hermana Marx, dando vueltas gesticulando, poniéndome una mandarina delante de la cara y metiéndose conmigo.

Nos dimos un abrazo y acto seguido pasamos a otro nivel. Llegué tan cabreada a la otra tienda que cuando me quiso parar el clásico joven que quiere contarme lo de su ONG le solté un grito del que todavía me arrepiento.

De momento no nos hemos podido ver, pero hacer planes con ella va a ser fácil, le pillo cerca, salimos a la misma hora, y cualquier sitio nos vale, mientras sirvan cañas y aceitunas.