Ceno pasta porque me ha sobrado de este mediodía. La pongo con mantequilla en la sartén. Vida sana, por los cojones. Le añado queso rallado que se funde y se hace tortilla. Me acuerdo de cuando me dio la moda de meter trozos de queso en el microondas para fundirlos, en platos pequeños. Ahora no tengo microondas y sólo un plato tan pequeño como los de entonces.

Podría comerme tres platos de pasta ahora mismo y me quedaría igual. Es etérea, esta pasta. Creo que en el paquete pone que se llaman tiburones. Parecen más bien caracolas. Dejo una ración pequeña para mañana. Siempre cocino de más.

Mario y yo anoche estuvimos hablando de la palabra horchata, que suele venir acompañada de la palabra chufa. Es fantástico. Aunque la horchata siempre me ha parecido repugnante. Luego intentamos dilucidar de dónde salen los cacahuetes. No llegamos a grandes conclusiones porque me quedaba dormida. A veces hablo hasta con los ojos cerrados.

Todavía estoy flipando porque la fiesta a la que fui el viernes fue en la casa del difunto Alfredo Krauss y era una mansión gigantesca. Hubo gente que tocó en directo. Enlazaban un tema con otro como quien hace trenzas. Parecía una película. O un videoclip. Habia una estantería redondeada con formas aleatorias (y enormes) en una pared. Podría sentarme en uno de los huecos. Podría sentarse mucha gente. Y era una maldita estantería.

Seco mis bragas en el radiador. Una a una, con amor. Bragas y camisetas. Es lo que más abunda por aquí. Pero parece que nunca son suficientes.

Anoche la gente vivía a mucha más velocidad que yo. Me mareaba. Voy lenta yo. O mejor dicho, voy despacio. Pasito a pasito.

La canción definitiva de hoy: Jarvis Cocker - Running the world.

He dicho.