Me hago una cuenta en twitter, por hacer algo. Digo cuatro gilipolleces y me agrego a todo el que sé que tiene cuenta. No sé muy bien de qué va ni para qué sirve. De hecho no sirve nada más que para curiosear. Y para decir lo que se te pasa por la cabeza. A los dos días la cierro. Lo poco que tengo que decir lo diré aquí. Pies para qué os quiero.

Cuando estoy de bajón me doy caprichos sin pensarlo dos veces. El otro día por la mañana cogí un taxi hasta la oficina. Hala, con dos cojones. Cinco euros la carrera. Conclusión: nunca más. Lejos quedaron los tiempos en los que me cogía taxis para ir a la facultad porque llegaba tarde (todo culpa del café que se eternizaba y de mi pereza) y me costaban dos euros. Otro capricho es el clásico de supermercado, el de meter en la cesta eso que siempre te contienes de meter. Y aunque el chocolate me vuelve loca y se me antoja todo lo dulce, para mí el máximo placer consiste en un paquete de mortadela con aceitunas. Hoy ha caído uno de mortadela y otro de jamón serrano. Porque yo lo valgo. Un día de estos me propongo desayunar y todo.

Esta noche, después de la tienda, he quedado (¡por fin!) con Lucía. Al principio me ha costado seguir el hilo de la conversación, porque tenerla delante me chocaba, después de dos semanas que parecen años. Le han puesto un compañero nuevo, un aspirante a fisioterapeuta que le ha puesto la cabeza como un bombo. Le digo que al menos le hará masajes. Dice que de momento no le apetece y nos descojonamos. Es facilísimo reírse con Lucía. Está tirado.

Nos hemos puesto al día, aunque ya hemos estado cotorreando un poco de tienda a tienda, por teléfono. Le cuento todo, por partes. Pequeños titulares y algunos cuerpos de noticia. Me siento tranquila. Ella lo ve todo normal, lo ve todo comprensible, lo ve todo bien. Y al instante, lo veo yo. Hablar con ella me rejuvenece, me da fuerzas, qué sé yo.

Que si estoy en un momento equis, que si igual tengo que tomar no sé qué dirección o decisión, que si en realidad no pasa nada. Me formula la gran pregunta: ¿Realmente quieres vivir de lo que te gusta?

Nos extendemos sobre esto. Me pone sus propios ejemplos, me dice que leyéndome últimamente ha visto cosas nuevas. Le digo que son cosas incómodas. Me dice que son necesarias y que las disfrute. Me inyecta tranquilidad, directa al cerebro, y ella ni se entera.

Viene a tomarse una caña con nosotras su novio, que es un encanto y que tiene una risa preciosa. Me mira muy atento cuando le hablo. Hacen una pareja estupenda. Hablan de sus planes para este verano y yo les digo que llamaré mañana a mi hermana, experta en turismo rural, a ver qué recomienda por la zona.

Vivir de escribir. Suena arriesgado, suena valiente, incluso kamikaze. Suena como un saco de miedos al caer. Pero, además de Lucía, tengo un amigo que confía plenamente en mí, que dice que voy a ser su lectura de cabecera y que vamos a sacar algo. Y eso quiero verlo, quiero vivirlo, quiero hacerlo mío. Porque aunque me duela la espalda y le falten horas al día, aún tengo los ojillos afilados.

O eso me gusta pensar.

:)