Rescatar un disco que tuve que dejar de oír porque en un momento de mi vida se me atragantó. Escucharlo de nuevo, con mis orejas recién regaladas, y que me cuente de nuevo cosas, cosas increíbles, todas nuevas. Meterlo en mi ipod sin miedo a que salte ninguna de las catorce canciones, sin miedo a regresar. Porque vuelve a ser mío.

Vuelvo a escucharlo y me emociono. Y quiero volver a compartirlo. Volver a cantarlo a voz en grito, como llevo haciendo toda la mañana. Y no llorar. Y no sentir escalofríos. Porque el disco era mío, lo tuve de banda sonora de los mejores meses de los últimos años, de banda sonora de la recepción de La Botica, el verano que abrimos las puertas. Y luego se me torció. Y me contaba cosas tristes, incluso en las canciones alegres. Y me atravesaba el estómago, letal.

Pero es mío, vuelve a ser mío. Y ya no pienso dejarlo escapar. Nunca más. Entraré en la escucha compulsiva de nuevo, sin reparos, con un par de alas y otro de cojones. Porque este disco es increíble y me lo merezco. Porque nunca debí perderlo. Ahora lo agarro de las notas altas y me dejo engatusar por una voz ronca y dulce. Ahora por fin, puedo oírla cantar.

Y hacerme los coros.