Construyo. Me hablas y pongo ladrillos. Te escucho, te voy conociendo, voy contando las pausas inconscientemente. Pinto las paredes (de blanco, limpio, reluciente) y coloco las puertas. Te cruzas conmigo y con tu reojo me fabrico paradojas, un chalet adosado, una plaza de garaje que quizás nunca necesite.

Es sábado. La canción que suena en mis oídos tiene el mismo nombre que el día. Llueve a ratos. Nos mojamos un poco o nos empapamos. Voy encontrando pilares asimétricos que encajan por sorpresa. Cuando me faltan materiales llamo a mis proveedores y me salvan la vida. Pongo un picaporte en cada puerta y las abro todas de par en par.

Te miro y lo voy formando. Un castillo, un apartamento en primera línea de playa, un ático con vistas. Mi hogar lo construyo a patadas y puñetazos. Me alimento de las virutas de serrín que caen a mi alrededor. Dibujo un círculo con ellas en el suelo, me meto dentro y espero.

Construyo sin permiso, ilegal y especuladora en esto. Le pongo precios desorbitados al principio para más tarde regalarlo con la caja de cereales. No voy a timar a nadie. Fácil, sin sorteos, sin mandar códigos de barras. Lo entrego llave en mano, exterior, sincero y con todos los electrodomésticos.

Pongo un anuncio por palabras, no pido aval bancario, ni nómina, ni compromiso de permanencia. Venta o alquiler, para entrar a vivir, buenas calidades. Y me quedo esperando, justo en la mitad, en pleno centro. Con el teléfono cerca por si llamas.