Me he despertado yo solita veinte minutos antes que mi despertador. Mi almohada ha peinado mi flequillo con un estilo muy peculiar. No hay forma de darle forma. Cualquier día me corto el pelo sin avisar.

Tres días. Tres días. Sólo tres días y llega el mini descanso. Vámonos que nos vamos. Ayer me di cuenta de que si lo hubiera organizado igual me podría haber escapado al sur. Podría haberme ido a Sevilla dos días. Pero bueno, en realidad no tengo ningún interés en estar en Sevilla cuando la ciudad se convierte en gymkana religiosa. Sobre todo porque vivo en el centro y no hay quien dé un paso sin tropezar con un capirote o esnifar incienso.

Ayer pasé las cuatro horas del turno con el nuevo. Es el típico. El que tiene un truco para todo. Diga lo que diga, él tiene la solución. Siempre empieza diciendo "¿sabes cuál es el truco del almendruco para eso?". No soporto que repita esa pregunta todo el tiempo. Pero claro, es fisioterapeuta y me da por decirle que a mí me duele la espalda horrores desde hace tres años. A quién se le ocurre.

También es de los que se ríe falsamente con las cosas que digo, de los que dicen "estoy totalmente de acuerdo contigo" aunque lo que haya dicho sea una obviedad. Y lo peor. Me dice que los andaluces somos no sé qué. Que tenemos mucha gracia cuando nos metemos con algo o alguien, o qué sé yo. Repite tópicos y me pone un poco nerviosa. Le gusta hacer el mono sobre el mostrador y yo le recuerdo que el gran hermano nos vigila.

Tiene ganas de hablar. Si me voy a limpiar relojes me persigue por toda la tienda, dándome lecciones de vida. Y quiere que nos hagamos confidencias. Me habla de la incompetencia de los médicos, que no tienen ni idea del cuerpo humano, que el cuerpo es como un engranaje (no sé qué jaleo de tuercas y llaves inglesas, dice), que me tumbe con las piernas dobladas hacia el pecho y
me balancee. A mí me suena a móntate aquí y pedalea. Le digo que ya tengo una tabla de ejercicios que me dio Lucía y para qué quiero más. Dice que luego a la salida me cruje la espalda. Yo le digo que no hay manera de crujirme la espalda y luego me alegro de que se le olviden las buenas intenciones.

Y cuando me dice cosas como "Lucía y yo en Serrano hacemos no sé qué" o "es que nosotros lo que hacemos allí...", ahí sí que me entran ganas de gritar. ¿¿¿Nosotros??? Celos. Tengo celos. O deja de mencionar su relación con Lucía o le hago una contractura que no va a poder arreglar ni con su preparación belga de fisioterapeuta. Y eso que dice que Bélgica fue el país en el que se creó la disciplina. Hay cosas con las que no se debe jugar.

Me da su teléfono por si quiero un masaje profesional para deshacerme los
nudos. A domicilio. Me dice que no me cobra pero que le recomiende a mis amigos. En realidad es buen chico. Pero yo no tengo ganas de reír gracias, ni de estar de acuerdo, ni de congeniar. Y mucho menos de que me dé un masaje. Para eso tengo a Rosa. Que no es fisioterapeuta pero al menos me interesa lo que dice. Es un buen chico. Pero tenía que soltarlo. Ay. Pobrecito. Soy lo peor.

Me he tomado un frenadol para desayunar. Con eso lo digo todo. Y a la vez no digo nada. Pero es que he estornudado dieciséis veces desde que he abierto los ojos, y ya me estoy viendo en mis dos días libres con fiebres altas.