Sin pensárselo dos veces, la lluvia se solidifica, se hace hielo y repiquetea en mis cristales. Sin permiso, se abren las ventanas, las puertas, los cristales gritan desesperados. Sin contemplaciones, la lluvia ahora cae dentro de mi casa, bajo mi techo, mojando mi cama, mi pelo, mi ropa.

Y sigue lloviendo, y sigue el click click click en la ventana ya cerrada, y seguirá sonando mientras tenga oídos. Es un ruido musical, cariñoso, que perdura. Es un ruido oficial, que me llena la cabeza de pájaros y me hace sentir con brazos y piernas. No me cambio de ropa, me quedo con la que se moja, la que se adhiere al cuerpo, la que me traduce.