Hoy es el cumpleaños de mi hermana. Hace tiempo le dediqué un post en el blog que tenía antes. Ahora podría seguir hablando horas, escribir miles de cosas sobre ella. La he llamado y va con Julio camino de Tavira. Se han puesto el cd de cantar, según me cuenta. Julio conduce y ella canta las canciones. Mi hermana es un saco de buen rollo.

Con mi hermana me pasa una cosa rara. Siempre quiero estar con ella. Siempre. Ahora nos vemos más bien poco y, aunque hablamos prácticamente todos los días, no termina de ser suficiente. Me gusta mi hermana. Si no fuera mi hermana querría ser amiga suya. Es divertida, inteligente y generosa. Siempre intenta hacerlo todo bien, y la mayoría de las veces lo consigue. La admiro profundamente por su manera de encajar, por su manera de pensar, por su manera de luchar. Ha tenido momentos, claro. Debilidades, errores, problemas. Y aunque a veces se le venga el mundo abajo, yo siempre la veo arriba, siempre la veo capaz, siempre valiente.

Quiero mucho a mi hermana, eso está claro. Y lo que más deseo en el mundo es que las cosas le vayan bien, que sea feliz, que se acaben las chinchetas que a veces se clava en los zapatos, que consiga como siempre todo lo que se proponga. Quiero verla crecer, un año más, que siga siendo mi ejemplo aunque sus fuerzas flaqueen, que siga llamándome cuando se aburre y haciéndome reír.

Quiero compartirla con todo el mundo. Cada vez que le cojo cariño a alguien, que encuentro a alguien con quien conecto, cada vez que estoy con amigos, siento la imperiosa necesidad de que la conozcan. Porque estoy orgullosa de ella. Mi hermana me ha enseñado demasiadas cosas para enumerarlas, algunas cosas demasiado importantes y grandes como para encontrar las palabras. Ella es una de mis personas favoritas, sin duda. Uno de los pilares que me sostienen cuando llegan los terremotos. Un remedio contra el mal rollo, incluso cuando aún no existe; ella me alegra, me revitaliza, me acompaña. Siempre y sin condiciones.

Felicidades, hermanita.

Y gracias.

:)