Con once o doce años le adjudiqué a Bryan Adams el rol de ídolo musical. Ahora el concepto de ídolo no es algo que necesite. Me gustan demasiados grupos y artistas como para idealizar a uno, aunque tengo mis favoritos, claro. Yo me había criado rodeada de música, todo eran influencias. Supongo que ponerle a Bryan el título tuvo que ver con la película aquella de los tres mosqueteros. Con doce años quieres enamorarte, y la canción que sonaba en esa película era todo un hallazgo.

Me compré (o pedí por reyes) un cassette con su último disco. Lo escuché hasta que me sabía todos los acordes. De esas veces que oyes tanto una música que puedes reproducirla mentalmente sin temor a equivocarte en una sola nota. Así que mientras el resto de las niñas de mi clase oían a New Kids on the Block o lo que tocara entonces, yo me enamoraba de un canadiense que podría ser mi padre. Bueno, no tanto.

Con trece años pude ir a un concierto suyo. Me acompañó mi tía y una amiga suya, fue en Madrid, en Las Ventas. Los asientos que teníamos estaban en la grada, frente al escenario, es decir, justo delante pero a tomar por culo. No me importaba mucho. Había unas pantallas enormes. Los teloneros fueron Texas. Cuando terminaron de tocar ya sabía que iba a comprarme su disco. La voz de la cantante es acojonante. Llenaba la plaza de toros y sostenía las notas más tiempo del humanamente posible. Me emocioné, me cogió por sorpresa y sólo acababa de empezar. Ni siquiera había ido a verles a ellos, ni siquiera sabía que existían.

Salió el bueno de Bryan. No voy a hablar del concierto. Más que nada porque apenas recuerdo gran cosa, todos los recuerdos han quedado solapados por un pequeño detalle. Un detalle gracias al cual mi hermana, a día de hoy, sigue metiéndose conmigo. Algo de lo que posiblemente me siga arrepintiendo aunque pasen cincuenta años.

Casi al final del concierto se apagaron las luces. Empezó a sonar un redoble. Todos los miembros del grupo corrieron alrededor de la plaza (por los pasillos esos que hay debajo de las gradas, que seguro que tienen un nombre), con todos sus instrumentos. Bueno, el batería creo que no lo llevaba todo consigo. Se pusieron a un metro de mí, en un escenario más pequeño preparado para la ocasión.

Mis ojos de groupie adolescente se salían de las órbitas. Hicieron versiones de canciones que ni me sonaban. Rock'n'Roll de toda la vida. Llegado a un punto, Bryan hizo una pausa y dijo no sé qué de la participación del público. Yo estaba en segunda fila (sin contar a los que estaban al pie del escenario). Recuerdo perfectamente lo que llevaba puesto (que curiosamente fue también lo que llevaba puesto el primer día que me bajó la regla). Era un vestido de cuadros tipo patchwork, azules y blancos. Ahora mismo me parecería horrible, seguramente. Pero por entonces me encantaba. Era fresquito y cómodo. En los pies llevaba unas zapatillas de lona con cordones. Unas Victoria, creo.

Bryan me señaló con el dedo mientras los músicos seguían a su bola, tocando. Quería que yo bajara al escenario con ellos. Miré hacia atrás y me señaló de nuevo, riéndose, confirmando que se refería a mí y no a otra persona. Quería que yo, María, la niña del vestido de cuadros, bajara a cantar con él. Me hizo gestos para que avanzara. Debajo de mí había unos señores muy majos que me ayudarían a saltar. Yo negué con la cabeza. Él hizo un gesto claro diciendo "Oh, come on!!". Volví a negar y me senté, escondiéndome a la altura de las rodillas de los demás. Bryan parecía decepcionado, se agachó para buscarme entre las piernas de los demás y volvió a suplicarme que bajara. Yo le volví a negar y él se encogió de hombros. Mi tía también tiraba de mí, para animarme. Yo me consumía en la timidez más incómoda que he sufrido jamás. Simplemente no podía moverme, ni tampoco sentirme más idiota.

Sacó a varias personas. Estuvieron bailando y cantando con todo el grupo y luego el concierto terminó. Lo que había empezado como un sueño para mí, acabó siendo una pesadilla. No pude hacerlo. Habría sido algo que contar a mis nietos (que seguramente me mirarían sin tener ni puta idea de quién es Bryan Adams), algo de lo que presumir al volver a clase, algo que anotar en mi diario. Pero no pude. Me entró un ataque de timidez, por entonces más comunes en mí que ahora, pero que todavía con casi veinticinco años siguen asaltándome cuando menos me lo espero.

Hace años que no oigo a Bryan. Escuché algunos discos más y luego se me pasó la fiebre. El otro día encontré esto en un blog. Me acordé de mi pequeña aventura musical fallida y pensé ¿habría sido algo así si me hubiera atrevido a bajar? No voy a hacer comentarios respecto a lo que sigue:

Ahora mismo pongo la mano en el fuego por mí y mis cojones, y si voy al concierto de quien sea, y quien sea quiere que baje (o suba) al escenario, es bastante probable que lo haga. Aunque me tiemblen las piernas. Sobre todo, si tengo una oportunidad como esta otra:

La próxima vez que Robbie Williams venga a Madrid estaré en primera fila, y espero haberme dejado la vergüenza en casa. Y después de contar algo que me hace sentir realmente estúpida, me voy a trabajar, con la cabeza bien alta.

Feliz sábado.