En fin. El grano que salió ayer sigue su curso, más mono que ningún otro. Las ganas de trabajar eran pocas y hoy me encontraba regular. De esas veces que no tienes ningún síntoma concreto pero que no terminas de encontrarte.

Ya en casa huelo mal, tengo las manos sucias, me duelen los pies, se me
enreda el pelo, mi cara es grisácea. Me arrastro como un reptil que hace tiempo que tenía que haberse mudado. De piel, de lugar, qué sé yo. No doy para más. Y quiero darlo todo. Pero no me queda. Los cigarrillos son sucios y pegajosos, como mis manos, al final del día. Las tuberías atascadas, mocosas, incluso sangrantes. Y no dejan de dolerme por dentro. Creo que como y duermo mal y no me apetece arreglar ninguna de las dos cosas. Estoy cansada. Y sólo es martes. Después de varios días sin trabajo. No me entiendo.

La primavera llega, por fin, astuta y porculera. Me hace creer que no, pero sí que llega, rabiosa, con ganas de marcha. Se nota en que mudo la piel a fuerza de rozar un abrigo innecesario con el hueco de mis codos. Mi abrigo gusano negro, de arriba a abajo, por si llueve. Pero hoy el termómetro de la parada de autobús me decía veintitrés y no mentía. Empiezo a acordarme del calor de aquí, del de allí, del calor en general, de lo que se avecina. Lo temo y casi imploro mirando el cielo. Solo que Madrid no tiene cielo, no gasta de eso, se lo ahorra.

Llego a la tienda y me encuentro mal, con un cuerpo que no es el mío, que me manda mensajes que no entiendo, que hace que la cabeza me dé vueltas. Me mareo, tengo síntomas extraños y a la vez familiares. Me asusto un poco. Luego mi compañera, que sale un momento a hacer una gestión, me trae una caña de chocolate. Me la como en tres tiempos y resulta ser mano de santo. Recupero un poco el color, un poco las fuerzas, el equilibrio.

En el metro un padre contento. Con dos niñas cansadas, tiquismiquis, peleonas. Papá, dile que me deje. Y la hermana pequeña embistiendo a la grande, por aburrimiento. La mayor la trata con desprecio. Ambas lloriquean sin soltar una lágrima, soltando en su lugar quejas con tono lastimero. El padre me mira, porque yo las miro, y me sonríe. Están cansadas. No hay nada peor que ser un niño y volver a casa cansado. Te vuelves irascible, no soportas una broma, pataleas. Como yo, que hago lo mismo sentada junto a las niñas, pero me lo guardo.