Los tubos fluorescentes, en línea, se reflejan en las baldosas del andén, perfectamente pulidas y brillantes, y avanzan a mi paso, entre mis pies. Son como líneas discontínuas de tráfico. Eso significa que puedo adelantar, que lo sé yo, que una vez estuve apuntada a la autoescuela. Aunque aquí todo es cuestión de estrategia, de adelantarte a los movimientos ajenos, de estar atenta a los cuadros y las líneas que pisas, a las espaldas de los otros, de acelerar y detenerse cuando convenga, de hacerse un hueco cuando parecía imposible. Se trata pues, de acortar entre calles formadas por hombros y culos para luego sentarme en una esquinita de un banco, junto a otros, y escribir esto, de tapadillo. Encontrar un sitio, al fin, y pararme, de nuevo.

He hablado con la hija de mi casera, que es la abogada que lleva todos los papeleos. Que mi contrato venció en marzo. Me pregunta muy profesionalmente cuáles son mis previsiones. Mis previsiones, dice. Tardo poco en contestar, porque es una pregunta que me he hecho muchas veces. Cada vez que me la hago me doy una respuesta distinta. Hoy tocaba decir que me quedo, si no hay problema por su parte, claro. Que si me quieren un año más, renuevo. Aunque no sé qué pasará este año, si me haré rica y famosa y querré irme a otro piso más chulo, si me iré a vivir sola a una cabaña junto a un lago helado (oh, sí, por dios), si me volveré con el rabo entre las piernas a Sevilla, o si me tocará el dichoso piso que sortea la coca cola. Pero así, a bote pronto, hoy estoy aquí. Y no quiero moverme. Me dice que me llegará un telegrama y que entonces la llame y volvemos a hablar, para ver cómo lo hacemos, que para entonces ya habrá hablado con su madre, y que ella ya habrá dispuesto. Pues nada, que disponga. Aquí estoy.

Lo más interesante del día de hoy es que me ha salido un grano. Ya ves. Pero no me desanima. Porque hay otras cosas más interesantes, en realidad. Porque me pongo arcilla verde y confío en sus poderes. Porque tengo un contrato por firmar para seguir donde vivo y otro firmado, el importante, el mío. El que cuenta, al fin y al cabo. Aunque el grano dichoso tenga muy, pero que muy mala pinta.

En la calle Preciados hay un restaurante que expone como si fuera una tienda de ropa sus mejores pescados y crustáceos. Siempre tienen un pez gordo, gordísimo, a un lado de la montaña de mar, con la boca exageradamente abierta. Cuando se lo comen, lo cambian. Parece que va a ponerse a cantar ópera.

Tenor

Hoy me he fijado en su interior. Dentro de la boca parece que tiene otra boca. Como si se hubiera comido a otro pez y éste gritara desde dentro. Me ha parecido obsceno. He hecho un par de piruetas mentales con el concepto y luego lo he tirado en la siguiente papelera.