Cogías dos vasos de yogur. Les hacías un agujerito en la base y los unías con una cuerda. Se suponía que era un teléfono. Como la cuerda no solía ser muy larga, a veces tenías la impresión de que lo que oías era a tu compañera de experimento, sin necesidad de cables. Comunicación sin cables en la era del yogur. Y no se le daba importancia.

Se hacían mapas físicos en relieve, con plastilina. A mí siempre se me mezclaban de manera indebida los pegotes verdes y marrones de las cordilleras. No quedaba limpio. Siempre fui sucia en pretecnología. Y un poco manazas en geografía. Los ríos eran azules. España era amarilla. Con lo que sobraba de plastilina intentabas hacer algo creativo. Yo siempre quería moldear animalitos. Un cerdo era mi máximo reto. Pero había muchos colores y al mezclar todas las virutas quedaba una plasta marrón, fruto de la impaciencia. Te conformabas pensando que podía ser una hamburguesa. Algunas veces incluso decías que moldear esa hamburguesa era el fin de todo aquello, justificándote orgullosa.

Cogías una lenteja o un garbanzo, lo envolvías en un trocito de algodón húmedo y dejabas el paquetito al sol, sentado en el fondo de un vaso de yogur. Visto ahora, en la distancia, los yogures están infravalorados. En la ventana de la clase se formaban hileras con las macetas de lácteos y legumbres. Las mirabas de reojo, a ver si la tuya había ganado en altura a la de la empollona de la clase. Con el tiempo ibas perdiendo interés. Al fin y al cabo era una lenteja en un yogur. Pero nacía una planta, y eso era poco menos que un milagro.