Es un tubérculo con ojos de sapo, y piel grisácea semitransparente. Parece que se le ven las cosas desde fuera, las cosas de dentro. El pelo le cae feo, el flequillo se abre por donde no debe y muestra un aburrimiento supino. Está bueno cocido, frito, al horno y aliñado, eso sí.

Es pesado, este tubérculo. Su cuerpo se mueve con dificultad, no sabe andar, no sabe avanzar sin tropezarse. Hoy ha hecho un esfuerzo por volver caminando y ahora los pies tienen rayas en la planta, surcos dolorosos. Se pone unas zapatillas en casa, sucias y rotas. Los pies palpitan y se revuelven.

Tiene las manos pequeñas, torpes como el resto, plagadas de uñas a medio comer, acumulando palabras a punto de ebullición o punto de nieve, según el día. Tiene trescientas camisetas y lleva dos días con la misma puesta. Y no le sale natural ponerle sábanas a la cama.

Las caderas se le ensanchan, le hacen el culo gordo, que pesa, que cae donde no debe, que resbala y se vuelve escurridizo. Es un culo de malo, malísimo asiento. Porque no cabe en ninguna silla. Es un culo desproporcionado, como tantas otras cosas.

Cuando habla lo hace rápido, sin control, se come tres consonantes y suspira dos vocales, quedando un lenguaje confuso y a la vez inequívoco. Su lenguaje se vuelve bebida isotónica un día y jarabe para la tos rancio al siguiente. Le caducan las sensaciones, se le rebelan, le mienten y le disfrazan.

Tiene una lengua larga y enredada, dentro de una boca muy grande. Su cabeza de tubérculo es doble, una para no pensar, relajarse y disfrutar, que ahora está dormida; y una para pensar en exceso, para revolcarse, para equivocarse y castigarse por lo innecesario. Esa está siempre alerta.

El tubérculo hoy no hace nada coherente. Le tiemblan las piernas, que son dos troncos rectos, aparentemente robustos, pero huecos de arriba a abajo. Le tiembla el corazón, un corazón pusilánime y cobarde. Sin embargo es un corazón generoso, anhelante, flexible y plegable. Puedes guardarlo en cualquier rincón. Hoy le asalta el agua salada, sin permiso, y le pica en los ojos, cansándole de tanto dar brazadas, ahogándole en su propio jugo.

Otro día hablaré de sus virtudes y propiedades, porque ahora no me acuerdo de ninguna. Salvo que está bueno cocido, frito, al horno y aliñado; con tomatitos a poder ser.