Sonríe al verme. Le doy un abrazo. Lo siento mucho, el abrazo. Aunque esté trabajando y haya tres cámaras encuadrándonos. Quiero abrazarle. En realidad nos hemos visto pocas veces, pero es de estas personas con las que coges carrerilla enseguida. Cuando le conocí me imponía mucho. Es un tío muy leído, muy inteligente, muy conocedor. Siempre me he sentido un poco pequeña al lado de la gente que ha leído mucho. Pero él no es pedante, en absoluto. Tampoco es que yo sienta miedo al ridículo, como sí me pasa con otras personas. Si no sé algo de lo que habla no tengo reparos en preguntar. Me gusta oírle hablar.

Además es muy guapo y se mueve de manera elegante, con gestos agradecidos y sonrisas encantadoras. En pocos minutos te sientes cómoda, te sientes bien con él. Es muy cariñoso, incluso antes de establecer el mínimo contacto físico. Se le nota cuando te escucha, cuando te pregunta, cuando te cuenta. Y es muy divertido. Se ríe mucho, y se contagia. Es una corriente cálida instantánea.

Su vida se ha vuelto difícil. Lo ha tenido que dejar todo de lado. Bueno, no exactamente. Su vida sigue pero sus prioridades han cambiado de sitio por un accidente. Hay alguien en su vida, alguien importante, que le necesita entero. Nos lo cuenta. Habla con pausas largas, con miradas bajas, con ojos brillantes. Dice que con todo lo que ha pasado sentía la necesidad de que este viaje a España fuera especial. Que necesitaba abrazar a sus amigos, verles, hablar. Simplemente hablar.

Me tiro todo su relato queriendo tocarle, alargar mi mano y rozarle, para establecer contacto, para saber que estoy, de alguna manera, cerca de él. Pero no sé hasta qué punto puedo. El contacto físico entre dos personas (ya no me refiero a amantes ni nada por el estilo, es evidente) es una cuestión mutua. Yo soy mucho de tocar. Cuando alguien me hace conectar, cuando alguien me inspira admiración y cariño, cuando simplemente siento que quiero a alguien, de corazón... yo soy de las que necesitan expresarlo con abrazos, con manos, con mejillas.

Le cuento cosas. Es fascinante cómo se emociona, cómo se ríe, cómo empatiza. Volviendo a casa, Mario y él me acompañan. Le pido permiso para escribir sobre él y me lo concede. Luego le digo que quiero escribir, ya no sólo sobre él, sino en general. Le explico, le cuento, lo comparto. Le digo que quería contárselo precisamente a él, aunque no sé muy bien por qué. Me dice que se alegra mucho de que lo haya hecho, que admira la decisión, que le alegra la noticia. Es tangible. Vamos andando y es tangible, el cariño, el apoyo, la conexión. Le siento cerca. Le quiero muchísimo. Quiero que las cosas salgan bien, que todo marche. Quiero verle de nuevo, antes de que se vuelva a París. Viene su chica, en unos días. Un primor. Alguien importante que necesita aire fresco. Yo quiero darles aire, quiero darles consuelo, quiero darles abrazos. Quiero devolverles la primavera.

En la puerta de mi casa le abrazo de nuevo. Como si llevara toda mi vida abrazándole así, con confianza, con tiempo. Les veo alejarse despacio, como si ensayaran cada paso. Y no puedo explicar cómo me siento.