Los borrachos extranjeros que a la hora de mi pequeña ración autoimpuesta de siesta cantaban alegremente we are the world, we are the children; seguían en las mismas a la vuelta de la tienda. Justo debajo de mi ventana. Me obligué a dormir media hora, que finalmente fueron quince minutos. Mi cabeza quería despejarse. Mis nervios repentinos calmarse. Y la siesta de quince minutos me dibujó olas en la frente, de mal humor, de malas ideas.

Luego se han ido apaciguando. Los nervios, las olas, los borrachos de la plaza. Junto a la puerta de mis vecinos hay granos de arroz, por el suelo. Alguien se ha casado. O alguien se ha cansado de acarrear con la compra y ha tirado todo al suelo. Le comprendo. En el portal una cucaracha baby se ha quedado quieta junto a mis pies. No la temo. Soy más grande que ella. No tengo por qué temer. No hay motivos de peso.

Por fin ceno algo coherente, o al menos algo más coherente que lo que llevo cenando semanas. Revuelto de gula de norte, con un par de huevos. Lo he mezclado con un poco de salmón finlandés. Casi lamo el plato al terminar, pero me he contenido, prudente. Y me da igual quedarme sin postre.

Menos mal que después de varios días le he puesto sábanas a mi cama. Se acabó dormir en el colchón, que mañana es martes. Se acabó autoimponerme siestas que esconden cabreos. Se acabó lo de ser sinuosa, lo de comer en frío, lo de abrigarme con miedos.