Hoy vuelvo a comer frío porque prefiero escribir y darle sanas vueltas a las cosas, que dedicarme a cocinar. Me pasa a menudo. Así me va. Desnutrida y con el culo enorme, aunque suene contradictorio. Voy a por un sandwich. De repente las aceitunas negras son lo mejor que le puedes echar a un sandwich. De lo que sea. Y comerme dos donuts hoy no ha sido culpa mía, lo prometo. Para una vez que desayuno, no me voy a sentir culpable.

A veces existen las despedidas. A veces. No siempre. Hoy recibo un mensaje de alguien con quien me crucé. Alguien que influyó, que formó parte, que se fue diluyendo. Qué tal todo, dice. De vez en cuando hablamos así, por mensajes. Eso es lo que tenemos. Pequeñas tomas de contacto, con una periodicidad variable. No es de esas correspondencias por compromiso, por inercia. No es de esas personas a las que te sale decir a ver si nos tomamos un café, a sabiendas de que nunca tendrá lugar. Su interés es sincero y mis respuestas también. Durante un tiempo fuimos amigos intensos. Ahora somos gente que se tiene mucho cariño a múltiples distancias. Todo fue encajando de manera más o menos natural, y así quedó.

Tengo amigos. Tengo novio. Tengo amigas. Tengo padres. Tengo hermanos. Tengo gente a la que admiro. Tengo conocidos sin más. Somos gente. Nos cruzamos, nos influimos, evolucionamos. Construimos cosas juntos cuando queremos, y también construimos sin darnos cuenta. Hay cosas que van solas. No hay que pensar en cómo apañarlo, en cómo darle forma, en cómo encajarlo. Hay relaciones que no necesitan ayuda. Son lo que son y van a donde van. Sin prisas. Siempre hay circunstancias atenuantes, circunstancias en contra, y también factores a favor, vientos sabios que te llevan. Me gusta pensar que la gente con la que me relaciono tiene esa naturalidad, ese don, de dejarse llevar, de comprender el vaivén, de amar sin más, de enfrentarse cuando toca, de mirar a los ojos y leer lo que no está escrito. De dejar que pase el tiempo aprovechando los encuentros, disfrutando la suerte de cruzarse con los otros, con las almas gemelas, con personas importantes, con pilares que sostienen lo insostenible.

Yo tengo mi vida llena de gente. Con cada una de las personas que la ocupan tengo una relación diferente. Distintas variantes de amor, de amistad, de colegueo, de música. A veces se dan codazos, o más bien me lo parece a mí. A veces se ceden el sitio. A veces soy yo la que los empuja fuera. O la que tira de sus manos para meterlos dentro. No tengo prisa, no quiero tenerla. No quiero urgencias, aunque a veces surgen solas y no pasa nada. Es normal querer, es normal desear, poner empeño. No sólo es normal, es incluso bueno. La vida no es tonta, la vida es muy lista y nos pone a unos frente a los otros. Lo menos que podemos hacer es echarnos unas risas, hablar, conocernos y querernos de la manera que nos salga. A trompicones, sutilmente, con pasión y con certeza. Todo a la vez, al mismo tiempo. Y lo que surja.