Las emes de anoche formaron un parque infantil, lleno de barrotes redondeados. Era un parque de arena, y yo me cubrí con una montaña. Me encanta la arena fría, de cuando el sol ya no calienta. Enterré dos huesos de cereza y les ordené que echaran raíces.

Por la mañana, restos de palabras en el microondas para desayunar y un plato reluciente y nuevo, todo mío. Estoy dando clases de despertarme y desayunar. Tan temprano las lágrimas dejan de ser lágrimas, se prueban disfraces. Salen sin mayor importancia, distraídas. Lloran solas, yo sonrío. Mano en la espalda, rasca-rasca-rasca, ventana abierta, el calor es suave, como el que hacía cuando me mudé. Y sí que sobra el edredón, a primera hora. Se pega. Me acuerdo del velcro silencioso. Tengo que volver a ver esa película, es una droga.

Me levanto una hora antes que el despertador. Mi cuerpo no quiere dormir diez horas seguidas, qué tonto. Los olores y temperaturas de los meses me transportan. Nunca sé a dónde, pero es una sensación muy peculiar. Pasan por mi cabeza detalles de mi historia, que tuvieron lugar durante otros abriles, otros mayos. Otras mañanas de café largo. Viajes con leche fría.

Recuerdos sensoriales, de tacto, de olfato, de caminar mirando otras cosas, de la ducha, del telediario, de empezar cosas, de los coches que veo desde la ventana, de maletas, de equilibrios. Recuerdos del café que me voy a tomar ahora. Sólo que éste sigue siendo el mismo. Aunque lo haga en otra cafetera.