Es un zangolotino. Sale todos los días de casa sin lavarse ni el sobaco. Y arrasa con la nevera. Se apoya en el alféizar y mira con desprecio a los demás. Le gusta coleccionar cachivaches. Una vez, de entre todos ellos, escogió uno que parecía ser un bochinche. De repente estalló en sus manos. Se encontró con una miniatura de sí mismo, que agitaba amablemente la mano. El pequeño individuo trepó por los pelos de su brazo, los peinó con raya en medio, arrancó los que estaban feos y se acomodó. Se pegó mucho a la enorme oreja y le confió un secreto. Ahora es un hombre nuevo y sabe lo que se hace.