Salgo de la ducha y la tormenta se ha desatado. Suena fuerte, con grandes golpes altos, que llegan hasta el suelo, que se descuelgan como lianas. Me seco el pelo y me convierto en la leona de siempre. No me apetece llevar impermeable, ni llevar paraguas. Si la lluvia quiere mojar, que moje. Veo a un niño correr para evitarlo. Detrás un hombre. El niño. El hombre. Corren escapando de lo mismo. Yo en casa, me resguardo, con mi pelo tibio y abundante, cubriendo los hombros, cayendo como los ruidos. Me llora una última gota en la cabeza. Me pregunto si se puede escurrir el aire. El aire extraño, el aire que no llega, el aire pesado. Los coches suenan acuáticos en el cruce. Yo bebo agua de una botella de plástico.