Me siento en el escalón. Menos cuarto pasadas. Observo. Acaba de caer una tormenta y el sol brilla limpito. Apago el Calamar y lo guardo en el bolso. Este bolso está para tirarlo, pero me resisto. Últimamente veo a mucha gente a la que le duelen los zapatos, caminan raro, ponen muecas. Un hombre toca el acordeón, una carrera de notas, para llenar los huecos y de paso sacar dinero. Suena bien.

Tres espaguetis pasan muy cerca de mí, me miran fijamente, miran por debajo de mi mano, como queriendo leer. Un hombre extraño con coleta, anda sonriendo y hablando a los que se cruzan con él. Lleva un chaleco inflado, lleno de artilugios; me imagino que está lleno de dinamita. De un salto se coloca frente al cochecito de un bebé y le hace carantoñas. Y yo sigo pensando que va a tirar de una cuerda y vamos a volar en pedazos.

Se me acerca un viejo delgado, de los que andan con prisa, camisa de cuadros, mucho pelo en la cara, rizos grises y amplios. Va con un recipiente cuadrado, lleno de agua. Se me acerca ofreciéndomelo. No, gracias, le digo. Me pregunta si he traído el traje de baño. Le digo que aún no lo he sacado. Sonríe y se encoge de hombros, otra vez será, y se mueve contento mientras le tiembla el cigarrillo ladeado.

Unos ingleses suben la calle riéndose. A uno se le cae un cigarro apagado. El cigarro cae rodando, cuesta abajo. El dueño lo persigue con pasos pequeños. El cigarro ha cogido velocidad. El amigo le pregunta si piensa seguirlo hasta el final de la calle. El otro desiste. Miro como el cigarrillo sigue rodando, aunque se cruce con zapatillas y tacones, hasta que lo pierdo de vista.

Un hombre con un cartel de "compro oro" y una chica con otro cartel de "compro oro", de distintas empresas; van de la mano. Se conocieron en el trabajo. Un chico de los que te asaltan para contarte obra y milagros de una ONG habla animadamente con el soldado plateado. Hablan de artes marciales, conocen a gente en común. Agudizo el oído, no tiene desperdicio. Yo estoy aquí cuatro horas, dice el chico. Pues igual que yo, los viernes y los sábados, responde el soldado. Intento captar la conversación pero el acordeón puede más que yo, me roba las palabras. El soldado me saluda sonriendo y se acerca a un escaparate para calarse el sombrero, colocarse las cartucheras y comprobar que sus piernas se flexionan como deben. Me despisto escribiendo y cuando vuelvo a mirar se está acercando.

- ¿Puedo ser curioso?
- Sí, claro.
- ¿Te sentás todos los días a esta misma hora, acá, a escribir?
- Sí, es que trabajo aquí al lado.
- Ah, es que tenés un break.
- No, es que entro a las cinco y siempre vengo con unos minutos de más, para fumarme el último y escribir.
- ¿Es como un diario personal o algo así?
- Algo así. Yo te veo con lo tuyo desde la ventana.
- ¿Dónde?
- Ahí, donde los relojes.
- Ah, pues yo hice una promoción para ellos, cuando la inauguración.
- Yo llegué hace meses, me lo perdí.
- Me pusieron a mí y a otro pibe, llenos de relojes, en la puerta, a hacer un numerito.
- Anda.
- Soy Marcelo - me tiende la mano con el guante de plata.
- Yo soy María.
- Encantado.

Se va a trabajar, a su esquina que es la mía, haciendo que dispara, moviéndose como un robot, quedándose muy quieto hasta que suenan las monedas. Yo también entro en la tienda. Sólo han pasado siete minutos.