- No darme un supermegacojobaño pero sí regalarme una para nada desagradecida supermegacojoducha, bien avanzada la mañana.

- Hacerlo todo a cámara lenta, andar descalza sin miedo a las pelusas (aunque tenga los calcetines llenos de pelos de mis perras), desayunar sobre la mesa de mármol blanco, y tomar café recien hecho acompañado de tostadas con mantequilla salada y york del bueno.

- Recuperar algunos de mis peluches de la infancia, que se vuelven conmigo a Madrid: mi koala Mateo Una-A, mi cerdito Emiliano y la miniperrita Biela. Hacerles fotos de familia, claro.

- Ir a ver a mi abuela y luego acompañarla a la frutería a por cuatro manzanas que se le olvidaron esta mañana y que ella nos acompañe a la esquinita. Que me diga que no se cree que cumplo veinticinco años, porque no me echaba más de veinte.

- Ver tres o cuatro bicis dignas de foto en mi barrio, pero no llevar la cámara y pensar, qué cojones, luego vengo, aunque sé que luego realmente no voy a volver, y que me importe todo un pito.

- Comerme dos fresas entre el pollo al ajillo (de primero) y el pollo con arroz y salsita (de segundo), para acabar tomando fresas (de nuevo) de postre. Reírme con que mi padre haya soñado con el pollo esta noche, antes de estar cocinado siquiera.

- Que mi madre diga que Doña Letizia parece una babucha mora. De las alargadas y puntiagudas. Comprender perfectamente el paralelismo y descojonarme consecuentemente. Dedicarnos a criticar todo lo que dice la enviada especial en el hospital.

- Salir esta tarde, no sé a qué hora, rumbo a La Redondita. Donde no se oye un ruido, donde todo es verde chillón y con hojas, donde hay una hamaca de árbol a árbol para dormir la siesta, donde sólo me dedico a respirar y mirar a mi alrededor. Me voy a existir un par de días, sin más. Y a ver si me da un poco el sol, y crezco.