- ¿Por qué no le pusiste nombre al gato cuando vivía contigo?
- Pues no sé... - dije. Y con el encendedor del emblema del carnero encendí un cigarrillo -. Supongo que porque no me gustan los nombres. Yo soy yo; y tú eres tú; y nosotros, nosotros; y ellos, ellos. ¿Y para qué más, si con eso basta?, digo yo.
- Ya - dijo ella -. Me gusta la palabra "nosotros". ¿No te evoca un ambiente como de época glacial?
- ¿De época glacial?
- Sí, como cuando se dice, por ejemplo: "Nosotros hemos de dirigir nuestros pasos hacia el mediodía". O bien: "Nosotros hemos de poner todo nuestro ánimo en dar caza al mamut..."
- Ya veo - apostillé.

Cuando, tras llegar al aeropuerto de Chitose, recogimos nuestro equipaje y salimos al exterior, la temperatura resultó ser más fría de lo que esperábamos. Me encasqueté sobre la camiseta deportiva un jersey tipo chándal que llevaba enrollado al cuello, en tanto que ella cubría su blusa con una rebeca. El otoño había llegado allí con un mes justo de anticipación respecto a Tokio.

- ¿No tendremos que internarnos, por casualidad, en la época glacial? - me dijo en el autobús que nos conducía a Sapporo -. Tú, a cazar; yo, a criar niños.
- Una perspectiva fantástica - le dije.

Luego, mi amiga se durmió y yo contemplé por las ventanillas del autobús la interminable sucesión de frondosos bosques a ambos lados de la carretera.

Haruki Murakami, La caza del carnero salvaje. 1982.