Voy empapándome a la abogada a firmar el contrato nuevo de mi piso de Madrid. Mojándome a pesar del paraguas, el gorro que me ha dejado mi padre (que no me está demasiado grande porque tengo una cabeza del tamaño de una calabaza gigante) y la chaqueta impermeable que me presta mi madre (cuyas mangas me quedan por los codos); y haciendo malabarismos con el teléfono, la cámara, las bicis, los papeles, las palabras.

La lluvia cae con fuerza, suenan muy alto las gotas, en mi cabeza, sobre el paraguas de leopardo. Tengo los pies fríos y las puntas del pelo sostienen pequeñas gotas. Como las de rocío, pero sin tanta cursilería. Menos contemplación y más resfriado.

Sale el sol, vuelve a llover, hace frío, luego empiezan los sudores. Como yo misma pero en versión climatológica. A ratos valiente, chispeante, como una fuente, a borbotones. A ratos apagada, gris, fría y con los pies llenos de charcos.

Lluvia (2.1)

Y mañana, vuelta a la rutina, acompañada de este bonito sentimiento de vulnerabilidad y auto-tocapelotismo que me inunda en estos días tan señalados (señalados en rojo, por la puta regla de los cojones).

Las quemaduras faciales van asentándose y ya no parezco un tomate. Mi perra vieja, casi moribunda, viene a temblarme a los pies. Me fumo un cigarro mojado en el balcón y vuelta a empezar.

Nada que no se arregle con cuatro monerías. Hoy soy un tiovivo, una montaña rusa y un puesto de algodón dulce, si hace falta. La muñeca chochona y otro perrito piloto. Ahí voy. Con los pantalones helados y la sangre alerta, a la que salta.