Castañas con abrigo de erizo, avellanas de bolsa, medio kilo de pistachos, alfombra de bellotas, setas salvajes (¿es tiempo de setas?), jaras blancas y amarillas, manzanilla (ha resistido todo el año), conejitos morados como los que veía en mi colegio de Marbella, dos cochinos gordos y huidizos, dos pelotas de plástico destrozadas, dos generaciones de perros. Hacer miles de fotos.

Dos y siete; veintisiete años de casados han cumplido mis padres hoy. Les pregunto por separado y las versiones del balance concuerdan, es un balance positivo (no lo dudaba), cada uno a su estilo. Vuelvo a jugar contra mi padre al 21, un juego de cartas en el que le desplumo (porque aunque mi madre diga que jugar sin apostar sigue siendo divertido, no lo es) como hacía verano tras verano en Comillas. Me debe once euros. Dice que se lo rebaje a diez. Hemos jugado a cincuenta céntimos la carta.

Doy un paseo con mi madre. No se nos dan bien las equivalencias métricas. Intentamos calcular cuántos kilómetros cuadrados tiene el terreno, basándonos en las hectáreas. Damos vueltas alrededor de un muro de piedra, para ver por dónde han saltado los cochinos salvajes. Damos vueltas alrededor de las mismas cifras una y otra vez. Mi padre nos resuelve el problema matemático al caer la tarde.

Redonduat

Luego mi madre se sienta muy cerca de mí, me dice que es porque me ve poco, pero yo creo que es más por estar cerca de la chimenea. Cómo me gustan las chimeneas. Y comer arroz con huevo frito. Y mirar a mi padre esperando un chiste malo. Y disfrutar de los arranques mimosos que le dan a mi perra, la vieja, en su recta final.

En la sierra de Huelva, casi en Portugal, hace frío de otoño, a primeros de mayo. Tomo el sol envuelta en un forro polar de mi padre, incongruente pero cómodo, y me quemo la cara como siempre. Ahora mi cara es color vino tinto, y mis ojos se ven más claros que nunca. Me he llevado el sol, todo el que he podido. También nos hemos llevado un ramo grande, grande, de flores de lavanda.