A la mañana siguiente me encuentro a mi madre en la cocina. Tiene mala cara.

- No te vas a creer lo que pasó anoche - me dice poniendo la cafetera en marcha, y acto seguido se sienta en una silla.

En mitad de la noche oye un estruendo, la ventana se abre, el galán de noche de mi padre cae al suelo y un tipo entra apartando la cortina, como un samurai entrenadísimo. Se para al lado de mi padre y anda despacio hacia los pies de la cama. Mi santa madre le da golpes en el brazo a mi padre. Le zarandea.

- Enrique, despierta, hay un tío aquí dentro.

El tipo se para en seco. Mi padre, tras unos segundos que a mi madre se le hacen eternos, abre un ojo (siempre abre primero un ojo), lo observa.

- Es mi hermano Ignacio - dice, tan tranquilo, y se vuelve a dormir.
- ¿Qué Ignacio ni Ignacio? ¡Enrique! ¡Que hay un tío dentro de la habitación!

Mi padre le mira más atento, como lo haría John Wayne. Es un gorrilla, como decimos en Sevilla; es decir; un aparca-coches andrajoso. Uno con el pelo largo y una sola rasta tejida a base de no lavarse en años. El gorrilla empieza a hablar.

- No se pongan nerviosos, es que me he equivocado, yo quería entrar en la ventana de mi novia, me he equivocado de casa, de verdad, yo vengo a ver a mi novia, por la ventana... ustedes no se pongan nerviosos, enciendan la luz...
- No quiero ni verte la cara. Ya te estás yendo - le dice John Wayne.
- ¡Fuera ahora mismo de mi casa! - grita mi madre sentada en la cama, a oscuras.
- Sí, señora, lo siento, de verdad que me he equivocado...
- ¡Que te vayas! ¡¡Enrique!! ¡Échale!
- Vale, vale, no se pongan nerviosos, ustedes me abren la puerta, yo me voy y aquí no ha pasado nada...

Mi madre no da crédito a lo que oye. Si realmente quería ver a su novia eso significa que su novia es una de sus hijas o una de sus hermanas, porque la familia ocupa todo el primer piso. Mi padre se levanta, se pone las zapatillas y se dispone a acompañarlo a la puerta; parece que le compadece, le parece lógico y justo, porque debe haberle costado mucho trepar y colarse por la fachada. Mi padre sigue siendo John Wayne en pijama, un calco. Mi madre monta en cólera.

- ¡Que se vaya por donde ha venido! ¡No va a pasearse por mi casa, vamos hombre! ¡Estaría bueno!
- Señora, por favor, por la ventana no, por favor, por la ventana otra vez no, que está muy alto... - ruega con auténtica desesperación.
- ¡¡Enrique!! ¡Que no me da la gana! ¡Por el balcón, te digo!
- Anda tira palante, ya lo has oído - ordena mi padre, tajante.

Finalmente, el gorrilla se resigna, sale por el balcón custodiado por mi padre y se le oye refunfuñar mientras baja. Cagándose en la madre que los parió. Mi padre vuelve a la cama y se duerme sin decir ni una palabra más. Mi madre pasa el resto de la noche en vela, con los ojos como platos. Oyendo roncar a John Wayne hasta que amanece.