Me levanto a las 8.30 para aprovechar la mañana. No salgo de casa hasta las once menos algo. Antes de salir, por supuesto cae una ducha, secador de pelo y un amago triste de café (que estaba hecho, reposando asquerosamente desde antes del puente) sin azúcar que se transforma en té (de esos raros y nombre impronunciable, a ver que lo lea... Pú Ehr Carcadé, cuatro minutos) con flores secas de vete tú a saber qué plantas de qué recóndito lugar del mundo, y una rebanada de pan con ocho cereales y queso encima.

Salgo, saco mi mitad de dinero para el alquiler, cruzo la calle (mi banco está a un lado y al otro está el de mi casera, para hacer el ingreso) con 680 euros en el bolso. Sufro mi minuto de pánico de todos los meses, pensando que me van a dar un tirón de bolso en el paso de cebra. Espero la cola, ingreso el dinero. El del mostrador es el hombre con mejor humor del mundo. Siempre está contento. Le dices lo que quieres y te dice "¡estupendo, allá vamos, a por ello!". De vez en cuando le llama su mujer y le dice cosas bonitas.

Siguiente parada, estanco. Un sobre americano y un sello de treinta céntimos. Hacía mucho tiempo que no compraba un sello. Ya no hay que chuparlos para pegarlos en el sobre. Con lo que a mí me gustaba chupar sellos. Vaya, eso suena obsceno. Es igual. El del estanco vuelve a bendecirme, esta vez haciendo alusión a la Macarena y la Esperanza de Triana, que me acojan en su seno. Le digo que a ver si es verdad. Me dice "claro que es verdad, siempre es verdad, eso es lo que ellas quieren, acogerte en su seno, siempre". Salgo sonriendo. Cuelo la carta en el buzón y le susurro a la boca su destino. Hace años que lo hago así. Si no se lo digo expresamente, sé que no llega.

Luego voy a la jungla del Mercadona. Hora punta. Seiscientas marujas y algún marujo despistado. Me digo que no debo coger todo lo que necesito, que mañana puedo volver, que luego al llevar las bolsas a casa se me gangrenan los dedos y me dan tirones de espalda, con tanto peso. Me llevo todo lo que puedo, comida de régimen, que voy a cuidarme un poco, que ya toca. Porque luego me pongo el bikini y me enfado conmigo misma en general y con mi culo de media hectárea en particular. No consigo hacer una compra ligera (más bien todo lo contrario) y cada dos metros tengo que pararme para intentar redistribuir las cosas en las bolsas para que sea más llevadero. Da igual lo que haga, definitivamente no es llevadero. Miro a los que se me cruzan con cara de pena y dolor. A ver si alguno se ofrece a ayudar. Por lo visto no les convence mi gesto. Acabo metiendo el kilo de arroz en mi bolso, a la desesperada.

Compra colocada, y una vez en la nevera no parece tanto. Cocacola light con hielo y otra chapita de ilusión tonta, de premio. Escribir, escuchar música y leer. Con la nevera a medio llenar y la despensa llena de latas de atún, ventresca, mejillones al natural, caballa del sur y sardinas. Hoy tenemos albóndigas aplastadas de pavo y pollo, para comer. Me encanta aplastar y amasar la carne picada. Y remover macarrones con tomate en una olla. Pero lo que más me gusta de hoy, es que esta noche voy a ver Spiderman 3 con Mario. Claro que sí.