Cuando la jornada empieza a las 6.30 y es un no parar hasta las 21.15, una vuelve a casa y se pregunta si tendrá fuerzas para cenar. Si podrá hacer el enorme esfuerzo de meterse en la ducha y relajarse antes de dormir. Si podrá mantenerse en pie hasta dejar las llaves en el mueble de la entrada o se quedará dormida en el portal. Las respuestas son: no, no y casi me caigo. Me duele la cabeza, los pies, la espalda (toda ella, nudos marineros, una fiesta de músculos vagos y cabrones), los ojos, los brazos. No tengo remedio inmediato para ninguno de esos dolores. Se acabó el iboprufeno, otra vez. Pero aquí estoy.

Y así estoy:

El día más largo de la historia

Desenlace: consigo tragarme una ensalada de tres ingredientes, sin aliñar. No me ducho porque Paula se acaba de lavar el pelo y no me siento capaz de acabar la ducha con agua fría. Ceno atontada, los tomatitos explotan en mi boca como de costumbre, pero esta vez me agotan, tanta explosión y tanta vaina. Leo sin leer lo que voy encontrando. Lo vuelvo a leer. Lo leo mañana. Sólo aguanto lecturas de tres líneas. Tres líneas cortas. Justo eso y nada más. No obstante leo y leo, pero me doy cuenta de que mi cabeza se apaga enseguida y hago como cuando cuento monedas y dejo de contar. En mi cabeza hay agujeros y las monedas siguen cayendo en la caja. He perdido la cuenta de los céntimos y de las palabras.

Me acuerdo de la canción de Smashing Pumkins que se llama Farewell and Goodnight y pienso, coño, pues eso digo yo.

Buenas noches.