Compro comida de régimen. Mi cuerpo pide chuletón. Yo le doy roastbeef en ensalada, con lechuga, lombarda, zahanoria, tomates y queso fresco. Cuando en mi boca se cruza la zanahora y el queso, me viene un leve recuerdo que se fija en el paladar y escapa hacia donde no le corresponde. Es un recuerdo leve porque en realidad debería ser mozzarella. Debería estar comiendo una ensalada que sólo tenga láminas casi transparentes de zanahoria y una bola gigante y blanda de mozzarella fresca. Debería comérmela como si no existiera nada más que esas dos cosas, dos colores puros y yo. La mezcla de texturas sobre mi lengua es perfecta y armoniosa. Tomarme una cerveza antes de la ensalada, otra durante y tres después, es casi inevitable. Discutir con mi madre a ver qué pizza compartimos, para acabar pidiendo la misma, la de espárragos y huevo.

La cuesta que no cuesta

Subir la calle Juan Bueno hacia el bar y pasar por ese arquito que lleva a la cama, después de trepar por una cuesta imposible. Pero no cuesta, no duele, no supone esfuerzo alguno. Cruzarme con tres gatos que vuelven de comer en la barra libre que tienen en cada calle. Abrir con mi llave. Meterme en una de esas habitaciones blancas. Disfrutar del blanco, a mi alrededor, respirando sobre mí, calmando cualquier pesadilla. Dormir como una bendita y resucitar con las primeras noticias del viento. Y llevarte conmigo.