Se me coge el gemelo, mientras interpreto a una chica que no soy yo, en un sueño. Me dicen algo así como ¿y tú qué sabes hacer? y yo estiro de una forma forzada la pierna, hasta que el músculo hace ¡clack! y se queda agarrotado. Entonces me despierto. Creo que no he pasado el casting de Morfeo. Morfeo era el del sueño, ¿no?

La capa de polvo que hay sobre mi ordenador empieza a resultarme poética a estas horas de la mañana, con los rayos del sol haciendo saltar las motas. El pobre cacharro está castigado y últimamente le da por emitir rugidos de cansancio, sonidos electroguturales que vienen a decirme que quiere descansar en paz, que ya es hora de que me compre un ordenador nuevo. Pero a mí me gusta éste, que está lleno de pegatinas y hemos pasado muy buenos ratos juntos.

Anoche Mario y yo salimos a cenar. Le convencí para ir a un japonés, con más pena que gloria, aunque pasable. Sobre todo porque cualquier duda acerca del éxito del plan se resolvió volviendo a pasar a por un helado, camino del coche. Con este chico es imposible seguir el régimen. Pedimos uno de una bola y el dependiente (un tipo peculiar) nos dijo que por un euro veinte más podíamos tener otra. Mario me mira de reojo. Le digo al dependiente "no le digas eso hombre" y el responde "ah, es verdad". Todavía estamos pensando en el significado de la frase. Y sí, nos pillamos un cucurucho de dos bolas cada uno. Somos facilones.

Anoche, propósitos en firme de dejarme la piel, porque va en serio, va muy en serio y es algo importante. Lo es para mí, y no voy a jugar con eso. Estoy deseando empezar a volar. Llevo deseándolo toda la vida.

Me voy a la ofi, a recortar personas de fondos verdes, mi peor pesadilla. Bueno, no es para tanto, pero estoy harta de hacer chromas. O como cojones se escriba. Pero hoy es jueves y eso quiere decir sólo una cosa: queda exactamente una semana. Y eso me pone la mar de contenta.