Tengo el cuaderno inundado de palabras grises, curiosamente escritas con tinta añil. No encuentro mi bolígrafo favorito, lo he perdido, escribo con un rotulador grueso, demasiado sucio, demasiado violeta. Se me tuerce el día en el valle que cruzo entre trabajo y trabajo. Me pongo triste y encabronada. Escribo antes de entrar a currar; cosas como que la vida pesa, que me sepo a poco, que soy aire, que no soy nada, que no entiendo cómo puedo gustarle a nadie de mi alrededor. Me pongo muy fatalista y escribo casi a dos manos. Enajenada, tanto, que casi llego tarde. Me entra de golpe el día malo, el día gris, y hasta me dan ganas de decirle a Lucía que no quedo con ella, que me voy a sumergirme en mierdas varias (las reales y las simbólicas), a mi casa. Tengo pinta de haber vuelto de una excursión del colegio, con los pelos pequeños saliéndose rebeldes de la coleta y la sudadera a la cintura. No me gusto, tengo la cabeza pesada, terca, como cemento puro del que engaña. Cada vez que me pongo a pensar me quedo atascada.

La espero largo rato sentada en Callao. Llega dispuesta a arreglarme el día. Primero me lleva a un bar a comer croquetas de bacalao, pero está cerrado, y es raro, porque está abierto siempre, me dice, pero pone que se ha muerto alguien, mira, cerrado por defunción. Propone ir a un sitio en Ópera. Ya no recuerdo si es que el segundo sitio estaba lleno o si también estaba cerrado, el caso es que acabamos entrando en la clásica cervecería enorme, que hace esquina, orientada a guiris, muy hortera en realidad, castiza y a la vez pretenciosa, con mantones de manila enmarcados y muy brillante, como si todo fueran lámparas de araña doradas. Queremos sentarnos. Subimos a la planta de arriba y nada más llegar comprendemos que ése no es nuestro sitio. Pero nos sentamos. Queremos sentarnos donde sea y como sea. Compartimos el mismo cansancio, el de las dependientas. Le dice al camarero - vamos a tomarnos unas cañas y alguna tapa, ¿está bien? - sonriendo sin parar, y con esos gestos y ese timbre de voz, tan campechanos, tan femeninos, tan suyos.

Pedimos dos cervezas. Nos trae la carta de tapas, muy estirado, muy engominado, muy hostil. No parece gustarle que estemos ahí. Nada más coger la carta oigo a Lucía repetir almendras, María, almendras, almendras. Almendras 5 euros, leo en la carta. La leche. Definitivamente no es nuestro sitio. Pero ahora nos quedamos por cojones. Pedimos una de croquetas, por seis cincuenta. No está del todo mal. Empezamos con la catarata de temas de conversación, los de siempre, alguno nuevo, las reflexiones, sus pausas como ordenando palabras (puedo estar horas mirando cómo ordena palabras y construye frases), mis titubeos, mis amagos. Nos ventilamos las croquetas. También nos ponen, muy majos ellos, un platito con aceitunas, tres pepinillos y dos cebollitas. Y una cesta descomunal de pan que no tiene ningún sentido, realmente.

- Mira, así estás tú y así estoy yo - dice poniendo en su plato un hueso roído de aceituna y una aceituna entera, respectivamente.
- ¿Eso soy yo?
- Bueno ahora ya estás más así - dice divertida mientras cambia el hueso por la cebollita - o quizás así.
- Ah, ahora soy un pico de pan.
- ¡Si es que hay multitud de posibilidades!

El plato de croquetas está vacío. Apenas queda una aceituna. Las cervezas a la mitad. Un camarero joven nos recoge los platos. Viene el estirado, el jefe de planta, el que maneja el cotarro.

- Ya se han comido las croquetitas, ¿no?
- Sí, ya está.

Y el tío se lleva la cesta del pan. Nos parece un gesto muy feo. Y tiene un tono en la pregunta como paternal, pero de padre enfadado, de padre cabrón, de que estamos castigadas sin pan, por no pedir una mariscada como la de los americanos de al lado. Entramos en sintonía reinvidicativa, Lucía y yo. Seguimos allí sentadas un poco más, con la mosca detrás de la oreja. Queremos irnos a otro sitio. Entonces ella lo insinúa, como quien no quiere la cosa.

- Podemos hacer que vamos a pagar abajo y si eso pagamos.
- Vale, pero si estamos de repente cerca de la puerta...

Bajamos. Lo suyo aquí es pedir la cuenta. Pero sale natural. Andamos como tontas hacia la puerta, mirando a todos lados como si fuéramos extranjeras que no saben a dónde dirigirse para pagar. A menos de un metro de la puerta espero que Lucía me siga, porque voy a empezar a correr. Y corremos. Y cruzamos el paso de cebra corriendo, asustando a la gente, gritando como locas. Definitivamente, lo nuestro no es el disimulo. Nos escondemos detrás de un cartel de publicidad. Luego seguimos adelante.

- ¡Tenemos que abandonar esta calle! - me grita ella mientras sigue corriendo como una loca.
- ¿Pero a dónde vamos?

Nos metemos en una calle cercana y nos entra una risa histérica. Subidón de adrenalina. Le digo que somos Thelma y Louise, pero en chungo.

- Ay, yo no lo había hecho nunca, pero ¡qué bien me ha salido, tía! - habla como si acabara de descubrir un don.
- Sí, es que ha sido lo que tenía que ser.
- ¡Me ha sentado estupendamente!

Luego nos vamos a otro sitio, que se llama Mi Pueblo. Es bonito, hace bueno, nos sentamos en una mesa fuera. Así, sí. Pedimos una tapa que se llama Mi Pueblo. Le digo a la camarera que quiero Mi Pueblo. Lucía se ríe. Pero es verdad. Quiero mi pueblo, aquí, ahora, encima de esta mesa plateada. Seguimos arreglando el mundo. Me dice que por fin se ha dado cuenta, que le ha llegado la hora, que es el momento. Soy Lucía Camón, me siento capaz y voy en serio. Ésa es su conclusión. Aplaudo una vez más. Le hablo de mis cosas, de lo que siento, del mal día, de lo que siento cuando tengo un mal día, uno torcido y feo.

- Ya sé - me dice muy resuelta - puedo resumirlo todo a una pregunta para ti.
- A ver.
- ¿Dónde está Islandia?
- Pues por ahí arriba...
- No, ¿dónde está Islandia respecto a ti? ¿qué es Islandia, María?

Me quedo pensando. Ha vuelto a dar en el clavo. Es muy lista, esta Lucía. Se las sabe todas. Dice que le apetece un porro en la calle, que vayamos a su casa a por uno. Antes de subir me dice que me va a llevar a un sitio, a subirme en algo en lo que no me he subido nunca, pero que igual sí me he subido alguna vez, de manera simbólica. Vamos a la plaza de Santo Domingo, que ya está acabada, que han puesto unos columpios. Son esos asientos sobre muelles, con forma de coche, de caballo, de pez; para que los niños se balanceen. Pero éstos tienen forma de corazón. Así que me monto (a pesar de mis temores el culo me cabe entre las dos maderas) en uno de ellos y nos tiramos un rato meciéndonos, sobre sendos corazones. Me balanceo. Y sienta de puta madre.