Hay días cuarteados. Hay días grises. Azules. Días que parecen azules y son grises tan sólo. Días en los que no sabes exactamente qué pasa pero algo pasa. No necesariamente traumático, nada grave. Una vaga sensación de soledad, que se agradece y al mismo tiempo pica. Un matiz confuso, de idiomas que sólo tú hablas. Una certeza absurda, de que nadie va a comprenderte. Una sospecha, de que estás haciéndolo todo al revés, aunque no estés haciendo nada realmente. Una añoranza grande, espesa, arrolladora. Un quítame de aquí esas pajas, constante. Uno de esos días en los que sólo cuadra la música cuya letra no entiendes. Sólo encaja que te hablen con sílabas inconexas, con muchas efes y eses. Que te traten con diéresis en cada letra, sea vocal o consonante. Dos puntos en cada i, remarcando obviedades. Un día, que siendo largo y tangible, no existe en absoluto.

Domingo

Me resulta inconsistente, muchas veces, el paso del domingo al lunes, casi invisible, algo efímero, aunque tenga muchas horas seguidas. La etapa final de la carrera, en la que se decide si gano o me piso los cordones, resulta muchas veces así, fragmentada tantas veces que apenas puedo ver el conjunto. Soportando el peso de mi cuerpo, sin estar haciendo ningún tipo de esfuerzo físico. Sentir cómo pesa, cómo se agarra al suelo, imantado. Pensar que mañana me levantaré salvaje, con las piernas más largas del mundo y me peinaré con las primeras luces, sonriendo, muy probablemente. Pensar también distraída, en monedas que caen rodando, en letras de canciones idóneas, en pequeñas colinas diarias. Tener clarísimo que soy la última partícula del universo. O quizás, tan sólo es un domingo, como otro cualquiera, pero imprescindible.