Pues ayer salí, de nuevo. Mario, Gonci y yo nos juntamos con mi amigo Raúl y su panda. Fuimos a las terrazas de Lavapiés y comprobé que mis sospechas eran ciertas. Hay que salir más por Lavapiés. Se habló de música, de conciertos, de discos olvidados, de canciones increíbles, de propuestas. Estoy deseando que llegue el sábado.

El último bar en el que estuvimos lleva abierto menos de dos meses. Se llama El fin del mundo. El camarero era Mortadelo con disfraz de hippie. Podría llamarse perfectamente Fermín. Era muy simpático. Le dije que me gustaba mucho el bar, que la música molaba, que los precios eran razonables y que se estaba muy bien. Le gustó tanto oírlo que no me dejó pagar las cervezas y el zumo de tomate que acababa de pedir. Me acordé del bar que han abierto mis padres en Vejer, en el que todavía no me he tomado ni una tapa.

Me quedé dormida con la ventana abierta, Mario me dio un beso y se fue sin hacer ruido. Entre las 9 y las 10 he estado estirando la noche, dilatando el sueño, intentando no pensar en lo que me duele la cabeza. Las sábanas están fresquitas, me gusta sentirlo en mis pies. Me trago un paracetamol a falta de iboprufeno y no es lo mismo. Bebo agua sin parar. Pongo una lavadora llena de bragas de colores. Hago un poco de corte y confección. Me pruebo un vestido que posiblemente lleve el fin de semana que viene. Tengo hambre, de muchos tipos. Tengo una espina en la garganta.