Andando, andando, andando.

Oigo un disco en el que todas las canciones tienen la misma letra, o eso parece. Es un disco monocanción. Es música de la que escribe por debajo de mi piel, por detrás de mis ojos, de la que lo transforma todo, moviéndose como miles de culebras buenas.

Dentro del vagón de metro los cristales están empañados, con cientos de gotitas, como gotelé transparente, como si estuviera dentro de una ducha, en un hotel. Y de repente quiero estar dentro de una ducha, en un hotel. El metro me distorsiona. Me aburre soberanamente.

Me siento débil. Sólo llevo un café en la tripa, así que me compro una bolsita de emanems para arreglarlo. Dicen que los frutos secos son energéticos. No miro el color de los que voy metiendo en mi boca, tan sólo observo el último de la bolsa, en el fondo. Es rojo. Muy rojo.

Después de una jornada laboral tan verde, con tantos bordes y tembleques que me duelen los ojos al terminar, entro de nuevo en el metro, y de nuevo a caminar. Y ésa que se refleja a mi paso en los escaparates no soy yo. Me han cambiado. Ando resuelta a pesar de mi clásico dolor de espalda, voy al supermercado, disfruto de algunos malabarismos emocionales, me entran ganas de besar.

El yogur sabe a sugus de cereza. O quizás era al revés. Compro cerezas, 500 gramos, muy caras, pero necesarias en mi vida como el respirar. Hoy sólo voy a cenar eso: cerezas, una detrás de otra. Para que se refresque mi cabeza. Para que definitivamente entre el rojo, y me cale hasta los huesos.

Y mañana...

Mañana es mi cumpleaños.