Ahora estoy mirando una maceta con margaritas blancas que tengo en el balcón. La miro, es preciosa, es nueva, es mía y ésta me va a durar, no como el resto de plantas. Pienso en lo que recibí ayer. En lo que llevo recibiendo varios días. La gente me quiere, es increíble cuánto me quiere. Me siento más que afortunada. La gente me quiere, me lo demuestra, cree en mí y se tira a la piscina conmigo. Creo que soy la mujer más feliz del mundo, en este preciso instante.

Brand New Day

Se juntan personas dispares, capitaneadas por una joya, por un tesoro (los tesoros hablan, ríen, lloran y capitanean arduas empresas); y durante unas semanas se gesta un regalo. No me esperaba algo así. Ayer recibí un apéndice ocular, una cámara digital mucho más bonita y mejor que la que pensaba comprarme. Llevo haciendo fotos desde entonces. Y no puedo cerrar la boca del asombro. Hice ronda telefónica pero desde aquí, gracias, miles de gracias, por haberlo hecho, por haberlo hecho así y por entenderme y quererme tan bien. A todos vosotros, que sabéis quiénes sois y si no lo sabéis os lo digo yo: sois la hostia.

La cámara se une, junto a la preciosa maceta de margaritas, al resto de regalos materiales que he recibido desde que se dijo que ya tenía un cuarto de siglo en mi haber. Cuatro libros (es el año de los libros, la vida de los libros, no me canso de acumularlos, de saber que están ahí y que los puedo leer). Estos libros son dos por parte de Mario (La Princesa Prometida -¡oh!- y Kafka en la Orilla - ¡por fin!-) a lo que sólo puedo decir yupiiiii; y dos por parte de mi gran amigo Pablo, aka soldado silencioso, aka malabarista del detalle (una recopilación de cuentos de Poe y un libro que desconozco que habla de mar, de océanos y de calamares). Mario también me regaló un disco que sólo habla de buen rollo (madre, si una canción parece sacada de un campamento de boyscouts) y que me viene perfecto, como un guante para mis oídos, y una camiseta (por fin de mi talla, Mario, después de siete años, vas aprendiendo) que me viene más al pelo todavía, porque es de Wonderwoman y así me siento yo. Una mujer maravillosa (toma pegote) y una mujer que se pregunta. Se pregunta sin parar qué ha hecho para tanto amor y tanto buen rollo. Recibí también anoche un calamar de papel azul, de tamaño mediano, un hijo simpático, que me hizo reír, que me conmueve enormemente y que ahora me mira desde aquí al lado, con ojos redondos. Con los ojos como platos, como su madre.

Ésos han sido, por el momento, los regalos materiales. Pero no lo entiendo, no importa, no os imaginais lo que tengo, lo que atesoro, lo que empiezo, lo que sonrío, lo que me llena teneros a todos, amigos, hermanos, cuñados, padres, novios (bueno, sin la ese), guías espirituales, gurús musicales, compañeros incondicionales, profesores de la vida. Este año va a ser mi año, lo sé, porque me estoy convirtiendo en un calamar gigante, con tentáculos multiplicados y vueltos a multiplicar (ya no llevo la cuenta de cuántos brazos tengo), para llegar a todos los rincones y para abrazaros a todos (por dios, qué ñoña me puedo llegar a poner, pero me importa un pito). Sois lo mejor de mi vida. Y eso que mi vida cada día pinta mejor.

Este es mi año, mi momento, y lo que más feliz me hace del mundo es que estéis conmigo para disfrutarlo.