Pues por motivos que no vienen al caso he dormido dos o tres horas. Esto se traduce en ir a la oficina completamente zombie, matar verdes en los tres planos que quedaban y echarme un rato en el sofá. Me han puesto deberes, por otro lado. Lo estaba esperando, pero no me siento muy allá. Será la mala noche. Al final, me dejan irme a casa.

Hago fotos por la calle hasta que decido irme en taxi, porque me tiemblan las piernas. Me bajo en el Mercado y compro provisiones. En la charcutería hablan de turnos y cortan trozos enormes de algo rosado, con un cuchillo exagerado de dos mangos.

En el ascensor, a una chica se le engancha la pulsera con el botón de la chaqueta de un señor. La señora que viaja en el ascensor conmigo se ríe.

- A veces es mejor no llevar nada. Yo nunca gusté, ni con tu edad, así, jovencita.
- Yo no llevo ni pendientes, a veces hasta se me cierran los agujeros.
- Para qué ponerse tanta cosa, si al final te enganchas con todo.
- Sí, hay muchas cosas que enganchan.

Luego se va murmurando para su cuello arrugado y gris; y yo retomo fuerzas para llegar a mi casa, subir las escaleras esquivando cadáveres de cucarachas, y pararme un poco a no pensar.